Reflexión del Evangelio del Domingo 07 de Abril (Emanuel Vega, sj)

Evangelio según San Juan 8, 1-11

Jesús fue al monte de los Olivos. Al amanecer volvió al Templo, y todo el pueblo acudía a él. Entonces se sentó y comenzó a enseñarles. Los escribas y los fariseos le trajeron a una mujer que había sido sorprendida en adulterio y, poniéndola en medio de todos, dijeron a Jesús: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés, en la Ley, nos ordenó apedrear a esta clase de mujeres. Y Tú, ¿qué dices?”. Decían esto para ponerlo a prueba, a fin de poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, comenzó a escribir en el suelo con el dedo. Como insistían, se enderezó y les dijo: “Aquel de ustedes que no tenga pecado, que arroje la primera piedra”. E inclinándose nuevamente, siguió escribiendo en el suelo. Al oír estas palabras, todos se retiraron, uno tras otro, comenzando por los más ancianos. Jesús quedó solo con la mujer, que permanecía allí, e incorporándose, le preguntó: “Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Nadie te ha condenado?”. Ella le respondió: “Nadie, Señor”. “Yo tampoco te condeno –le dijo Jesús–. Vete, no peques más en adelante”.


El Evangelio de este 5º Domingo de Cuaresma, nos sitúa en una escena potencialmente dramática: una mujer es presentada en medio del pueblo y ante Jesús (por escribas y fariseos) para que sea apedreada por su pecado. La muerte misma, con todo su potencial destructor, se hace presente asumiendo el ropaje de trampa y engaño. Y nadie parece advertirla; a nadie parece conmover. Una persona está a punto de ser asesinada y, la maldad naturalizada en el pueblo y en sus referentes, les impide percibir tal suceso como una locura.

Detengámonos un poco en los personajes presentes en el texto evangélico, a fin de poder “sacar algún provecho” para nuestras vidas [EE 106].

En primer lugar, nos encontramos con los escribas y fariseos. Estos se acercan a Jesús con aire adulador: lo primero que le dicen -al verlo- es “Maestro”. ¿Cuántas veces, nosotros -presos de adulaciones fútiles- negociamos nuestros valores por unas pocas caricias a nuestro ego? Por otro lado, vemos que estos escribas y fariseos, cegados por su obstinado cumplimiento de leyes muertas, se llevan por delante la vida humana: su única preocupación es poner a prueba los criterios y valores que mueven a Jesús. La mujer, para ellos, es un mero útil: necesario sólo en la medida en que les sirve para arrinconar a Jesús. Ante esta realidad triste, cabe preguntarnos, ¿uso a los demás como ‘medios’ para dar cumplimiento a mis intereses personales? ¿Qué cosas me roban el corazón, al punto de convertirse en ídolos demandantes de sacrificios?

En este relato, a su vez, aparece un personaje un tanto peculiar: el pueblo. Una muchedumbre que, por momentos, pareciera vender su curiosidad y adhesión al mejor postor. Una muchedumbre que no toma partido, sino que -con los mismos escribas y fariseos- se marcha (tal vez con sus piedras en las manos) dejando solo a Jesús con la mujer acusada. En muchas ocasiones la indiferencia nos acecha como un mal inadvertido, pero raudo y eficiente en sus conquistas. Tiene el gran poder de secarnos el corazón, de convertirnos en piedras o autómatas insensibles a la vida del Reino que florece en todas partes. El pueblo, aquí, se comporta como los tibios descritos en el Apocalipsis (Ap. 3, 15 – 19).

Finalmente, nos encontramos con Jesús y la mujer acusada. Ella no musita palabra alguna durante casi todo el relato. Su pasividad abruma: es llevada por otros y sólo habla cuando Jesús le dirige la palabra -para decir apenas: “nadie Señor”. El Señor se muestra, en todo momento, como dueño interior de la situación: no se desespera ni se irrita, no entra en discusiones inútiles… se limita a reescribir la Ley anquilosada en el suelo cambiante y a ofrecer un espacio en donde todos puedan reconocerse -desde lo hondo- pecadores.

Ojalá escuchemos hoy, como en aquellos tiempos, que Jesús -mirándonos con ternura a los ojos- nos dice: “Yo tampoco te condeno”. Y que la paz que surja de esa experiencia nos conduzca a compartirla con los hermanos; que la alegría sea en nosotros el modo como Dios se hace presente en la historia; que el amor que nos suscite su mirada, nos lance con pasión y ternura a la aventura de construir un mundo nuevo. Un mundo más justo, un mundo de hermanos. Un mundo donde “Dios sea todo en todos” (1 Cor 15, 28).  ¡Ojalá pintemos de colores -con nuestras acciones y palabras- este mundo muchas veces gris!

Emanuel Vega, sj
Estudiante Teología

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