Reflexión del Evangelio del Domingo 22 de Julio (Patricio Alemán, sj)

Evangelio según San Marcos 6,30-34

Los Apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Él les dijo: «Vengan ustedes solos a un lugar desierto, para descansar un poco». Porque era tanta la gente que iba y venía, que no tenían tiempo ni para comer.

Entonces se fueron solos en la barca a un lugar desierto.

Al verlos partir, muchos los reconocieron, y de todas las ciudades acudieron por tierra a aquel lugar y llegaron antes que ellos.

Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo enseñándoles largo rato.


El evangelio que la liturgia nos presenta este domingo es necesario, o más bien, adquiere otra profundidad al leerlo desde las lecturas que lo preceden. Tanto la primera lectura de Jeremías como el Salmo 22 nos presentan la figura del pastor. En el primer caso, el pastor malo que descuida y dispersa a sus ovejas. En el salmo, el pastor bueno que asiste, guía, cuida y camina junto a sus ovejas. Luego, la carta de Pablo a los Efesios y el evangelio de Marcos nos permiten acercarnos y conocer a Jesús como el buen pastor de nuestras vidas.

Marcos nos presenta una escena donde Jesús se encuentra con dos grupos de personas. Primero, se reúne con sus discípulos una vez que ellos han regresado de la misión. Sin duda han tenido una gran experiencia, con momentos de mucha consolación, paz y alegría, pero también con momentos de incertidumbre, de dudas y de incomprensión. Con el cuerpo cansado pero los corazones cargados de emociones, no paran de contarle a Jesús lo que han vivido. Entonces Jesús los invita a irse a un lugar desierto a descansar.

Al llegar a ese lugar, Jesús y sus discípulos se encuentran con “una gran muchedumbre”. Personas que lo buscaban y a quienes Jesús vio “como ovejas sin pastor”. Nos podemos imaginar ese estado de desorientación, de miedo, de desconcierto de aquella muchedumbre.  Es en ese momento donde aparece Jesús como el pastor bueno, no sólo de esta multitud, sino también de sus discípulos. ¿Cómo podemos experimentar este modo de Jesús de acercarse hacia nosotros y de encontrarnos? Se me ocurren tres gestos propios del buen pastor:
El primer gesto lo descubrimos en ambos encuentros. Jesús reconoce lo que cada una de las personas carga en su corazón: alegría, desconciertos, búsquedas, confirmaciones, temores, cansancios. Él no le tiene miedo a lo que traemos en nuestros corazones. Tampoco lo absolutiza. Sabe que detrás de todo ello hay búsquedas y deseos más profundos que necesitan de “un lugar desierto” para dejar que vuelvan a aflorar y a tomar contacto con nuestra cotidianidad. Porque son esas búsquedas y deseos los que nos ponen en camino, los que nos mueven y dan sentido.

El segundo gesto tiene que ver con la solidaridad de Jesús con la situación de cada persona. Él, como buen pastor, es la presencia solidaria de nuestro caminar. En medio de las “oscuras quebradas” (Sal. 22), que son parte de nuestro caminar, Él se solidariza con nuestros pasos y nuestro corazón. Nos sostiene y nos levanta. Y es capaz de ello porque Él se solidarizó con nosotros “hasta el extremo”. Él atravesó esas quebradas. Y por ello se nos ofrece para guiarnos hacia lugares de reposo donde podamos descansar sin miedo y sin exigencias.

Y el tercer gesto tiene que ver con la voz del pastor: “mis ovejas escuchan mi voz; y yo las conozco y ellas me siguen” (Jn. 10, 27). Desde esa mirada comprensiva y su presencia solidaria, nos hace sentir y escuchar su voz. Sus palabras confirman esa mirada y esa presencia: “No tengas miedo” (Mc 6, 49; Jn. 14,1; Lc. 12, 32; Is. 41,10). En ellas lo reconocemos a Él, reconocemos su bondad y misericordia, su vara y su bastón (Sal. 22). Seguimos a este pastor porque reconocemos que sus palabras, su presencia y su mirada nos dan vida.

Podemos aprovechar este domingo para pedirle al Señor, buen pastor, la gracia de no tener miedo a dejarnos mirar por Él, para que, mirándonos, nos abrace, cuide y acompañe, y que en su compañía sepamos escuchar su voz para dejarnos guiar.

Patricio Alemán, sj
Estudiante Teología

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