Vivir con la intolerancia

¿Qué es eso que nos pasa cuando nos vemos sobrepasados? Esa mezcla de impotencia con bronca que muchas veces nos hace atacar a los demás.

Si perdés la paciencia seguido y la apatía se apodera de vos, tenés que saber que podés estar sufriendo de intolerancia. O a lo mejor no te pasa a vos, pero seguramente la ves seguido: dos automovilistas que van insultándose, los mismos de siempre a la salida del boliche, entre otros casos que desgraciadamente ya hemos normalizado.

La intolerancia, y más precisamente la violencia, se ven a diario ¡y las podés encontrar en distintas plataformas! Vemos violencia en la televisión, con discusiones intrascendentes pero exaltadas, en la calle, hasta en una charla entre amigos. Comúnmente las discusiones sobre política se tornan violentas, cuando no tendría por qué ser así.

Entonces se adelantó Pedro y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?».

Jesús le respondió: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete».

Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores. Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos. Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda. El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: «Señor, dame un plazo y te pagaré todo». El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda.

Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: «Págame lo que me debes». El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: «Dame un plazo y te pagaré la deuda». Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor.

Este lo mandó llamar y le dijo: «¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda. ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti?». E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía. Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos». Mateo 18, 21-35.

Por más que sea el otro conductor quien tenga la culpa de chocarme, o aunque mis compañeros tengan creencias distintas u opuestas a las mías, ninguna de esas cuestiones es justificativa para la intolerancia.

Cristo nos llama a vivir la Pascua con compasión, empatía, y amor hacia el prójimo. Llevemos la Buena Noticia a los demás.

Ignacio Pueyo

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