Vayamos y veamos

Un trabajador mañanero de esos que esperan al sol con el mate salió esa madrugada como siempre. Acorralado en un colectivo lleno de personas iba a cumplir con su rutina. Mientras dejaba pasar miles de pensamientos por su mente, lo visitó una promesa que había escuchado desde niño en labios de su abuela. Dicha promesa rezaba: “todo va a cambiar alguna vez para nosotros y seremos felices”. Con certeza podía decir que la vida no había sido fácil. Extrañado aún de haber recordado aquellas palabras, sintió que desde lo más hondo del corazón le brotó un inexplicable deseo: ver a Dios. Y entonces su viaje comenzó a tomar otro cariz. Empezó a mirar a todos a su alrededor como si fueran sus hermanos. “¿Qué tal si todos hubiésemos compartido la misma infancia, los mismos juegos, los mismos padres, los mismos sueños? ¿Y si todos escucharon a la abuela pronunciando la promesa?”, se decía mientras su ánimo recobraba un vigor propio de un joven enamorado o de un niño esperando a los reyes magos. Sin embargo, no le faltó la sospecha horrenda de que la promesa de la abuela o era demasiado grande para ser verdad, o era un cuento de hadas. Ambas, le provocaban cierto temor. Fue entonces cuando, en el medio del tumulto pegajoso del transporte público, el calor de diciembre, y el estresante clima político del momento, vio entrar a una mujer con una niña muy chiquita en sus brazos. “Mmm, ¿y ahora?”, se dijo para adentro. Estaba demasiado lejos como para ayudarle a encontrar un asiento. De repente, todos en el colectivo hicieron un silencio asombroso y prestaron atención a la escena. Un joven de auriculares apagados se paró y le cedió el puesto con dulzura. Fue, por lo menos y en estos tiempos que corren, algo raro. Todos tranquilos volvieron a concentrarse en su viaje. Pero la sorpresa no acababa allí. Los tres extranjeros que venían a su lado hablando con orgullo una lengua incomprensible apuntaron para el asiento de la joven madre y su niña. Otra vez silencio. Todos expectantes. Sin mediar palabra le acercaron una botella de agua fresca que sudaba, una toalla limpia para secarle la traspiración del rostro y un sonajero de campanitas de colores que sonaba tan armónico que todos los que venían escuchando música suspendieron sus aparatos. “Ahora sí”, se dijo a sí mismo. Y es que en el momento en que la bebé sonrió a carcajadas y todos en el colectivo rieron con ella, descubrió que la promesa de la abuela no sólo era real, sino que todos la habían escuchado alguna vez.

Que Dios nos regale escuchar la promesa, abrir los sentidos y dejar que lo de siempre se convierta en camino a Cristo que viene.

Emmanuel Sicre, sj

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