Todo se pierde con la guerra y todo se gana con la paz

Los recientes bombardeos con misiles de la alianza internacional encabezada por Estados Unidos sobre Siria, han vuelto a poner a este país, cuya guerra civil se extiende por siete años, con medio millón de víctimas mortales y diez millones de desplazados, en las primeras planas de todos los medios del mundo.

Llegan desde Siria noticias terribles de bombardeos con decenas de víctimas, muchas de ellas mujeres y niños. Noticias de gran cantidad de personas golpeadas por los efectos de sustancias químicas contenidas en las bombas.

El ser humano tiene una inclinación natural hacia el mal. “Engañoso es el corazón más que todas las cosas y perverso, ¿Quién lo conocerá?” Jeremías 17, 9. Mientras no haya un cambio profundo en nuestro corazón el odio funcionará de manera corrosiva en él.

Claramente, escoger el bien no es una tarea fácil en un mundo como el nuestro. Debemos recordar que el resultado de amar a Dios y obedecer sus mandamientos es esa paz que tanto deseamos.

Cuando el hombre piensa sólo en sí mismo, en sus propios intereses y se pone en el centro, cuando se deja fascinar por los ídolos del dominio y del poder, cuando se pone en el lugar de Dios, entonces altera todas las relaciones, arruina todo; y abre la puerta a la violencia, a la indiferencia, al enfrentamiento

¿Por qué Dios permite la guerra? Porque nos hizo eternamente libres, y el hombre en reiteradas ocasiones elije el camino incorrecto. Dios no tiene la culpa de que haya tanto pecado, maldad y guerra en el mundo; nosotros mismos hemos causado el sufrimiento y destrucción que nos aquejan.

La guerra es producto de algo intrínseco del hombre, se encuentra en nuestra naturaleza humana, los verdaderos responsables de la guerra son nuestro egoísmo y ambición innatos.

¡La violencia y la guerra nunca son camino para la paz! Que cada uno mire dentro de su propia conciencia y salga de sus intereses que atrofian sus corazones, superen la indiferencia hacia el otro que nos hace tan insensibles. Vencer las razones de muerte, abrirnos al diálogo, a la reconciliación; mirar el dolor de nuestros hermanos y no añadir más, esto no se logra con la confrontación, sino con el encuentro. ¡Que se acabe el sonido de las armas! La guerra significa siempre el fracaso de la paz, es siempre una derrota para la humanidad.

Pero, si Dios es todopoderoso ¿Por qué no pone fin a la maldad y la guerra de una vez por todas? La respuesta está en la milenaria existencia del libre albedrio. Dios ha puesto ante nosotros la vida y la muerte, porque quiere que escojamos la vida por nosotros mismos. Él de ninguna manera disfruta viendo como su creación pelea y se mata entre sí.

Dios no se ha olvidado de nosotros. No es un Dios desinteresado y lejano. Por el contrario, está trabajando pacientemente para llevar a cabo su plan de salvación, del cual todos somos parte.

Priscila Torielli – Ignacio Pueyo

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