Del pensamiento mezquino. Del pensamiento generoso

El pensamiento mezquino es, básicamente, un pensamiento televisivo, es decir, un pensamiento de panelismo o de panelistas: sin bordes, sin repliegues, acusador, agresivo, agrietado. Un pensamiento vociferado de tal modo que su alto eco no permite escuchar a las otras personas que, tal vez, algo quieran pensar.

Es, como opinión propia, supuestamente indiscutible e indestructible. Sin embargo, no proviene de una voz que pueda reconocerse como experiencia singular y/o colectiva, sino de una auto-afirmación que en vez de ser propia intenta apropiarse de otras voces que quisieran pensar de otro modo.

Pensar y pensarse, quizá, pide serenidad.

Es un pensamiento que no nos ayuda a pensar sino más bien a tener o no tener razón. Sin embargo, tener o no razón no nos conduce a la verdad sino a la auto-satisfacción de una rápida contienda. Y aunque brinde la sensación de una suerte de victoria, con el paso del tiempo, es anodina e insulsa frente a la miseria o el abandono.

Pensar requiere una relación con un tiempo ostensiblemente distinto al procesamiento de la información y la opinión que llevan a cabo los medios de comunicación: es una relación de distanciamiento con uno mismo, con lo que ya sabemos o creemos que sabemos, con lo que ya pensamos o creemos que pensamos. Pero ese alejamiento no puede ser indiferencia, ese es su límite ético. Esa distancia no es de altura, ni de privilegio: es la suspensión necesaria del barullo reinante.

Pensar supone rumiar, murmurar, disponerse a un pensamiento de “anterioridad”, a lo que fue pensado antes, al pensamiento pasado que no es pasado, a la historia discursiva de un pensamiento y sus quiebres, sus fisuras, sus agujeros, sus faltas. Pensar es intentar pensar lo que aún no fue pensado o fue pensado débilmente.

La lengua del pensamiento se parece mucho más a un secreto timorato que a un grito arrojado sobre otros. Un pensamiento no es un arma de guerra, sino una invitación a seguir pensando.

El pensamiento mezquino tiene la extensión de una pequeña frase y se niega a seguir probando otras formas del pensar. “Porque lo digo yo”, “ya te lo había dicho”, “es así”, son sus expresiones más frecuentes. Por lo general esas expresiones conducen al final de la conversación y no a su permanente y necesaria abertura.

Expresar lo que se piensa no puede tener como destino simplemente el agrado o el desagrado. Cambiar un modo de pensar solo para agradar a los demás, es hacer un pacto con la mezquindad. Ser generoso es ofrecer la alteridad del pensamiento. Desagradar, sí, porque la existencia también es insoportable; pero agraviar, duele. El pensar y el dolor no hacen una buena pareja.

Yo mismo tengo pensamientos mezquinos, no me omito. Por supuesto: quisiera que mi pensamiento fuese más generoso, y muchas veces no lo consigo. Y por eso insisto en pensar: para quebrarme por lo menos en dos.
Pensar es conmoverse. Y volver a pensar.

Carlos Skliar

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