Ser personas para los demás

San Ignacio de Loyola comprendió que, aún cuando nos esforzamos por hacer obras gloriosas, a menudo la motivación es egoísta. O al menos es auto referenciada. En sus primeros años, se entrenó para ser soldado y caballero. Quería sacrificarse por la patria y por una bella dama que pudiera defender y honrar. Pero años después, mientras meditaba, oraba y descubría a Dios, quien lo creó y lo amó, Ignacio cambió sus viejas maneras de pensar. En lugar de enorgullecerse y preocuparse por hacer un buen espectáculo; una persona debe desarrollar la humildad. En vez de enfocarse en sí mismo y en sus sueños de gloria; debe seguir el ejemplo de Jesús y moverse hacia afuera, mirando lo que otras personas necesitaban y soñaban.

Ser «personas para los demás» significa que estamos dispuestos a cambiar el enfoque y realmente notar a los demás y preocuparnos por ellos.
(…) Rezo tanto -probablemente más- por los demás como por mí mismo. En lugar de apartarme y distraerme del sufrimiento de otros, hago algún movimiento para ayudar.

Mis decisiones sobre el tiempo, el dinero y otros recursos siempre tienen en cuenta lo generoso que puedo ser, y se me ocurren planes concretos para compartir.
Ser una persona para los demás siempre será un reto, porque estamos condicionados desde muy pequeños a centrarnos en «yo y los míos». Se nos podría animar a ver el mundo como un lugar peligroso, a ver a muchas personas como demasiado diferentes y por lo tanto «otras», y a creer que nunca hay suficiente de nada para todos. Jesús requiere que resistamos esta forma de estar en el mundo. Pide que, en lugar de temer, hagamos un esfuerzo por estar abiertos. En lugar de agarrar y acaparar, debemos ser agradecidos y generosos. Jesús pide que, en lugar de actuar de manera crítica y autoprotectora, extendamos a los demás el amor de Dios y hagamos lugar en la mesa para los que podríamos llamar extraños.

Vinita Hampton Wright

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