Reflexión del Evangelio del Domingo 10 de Junio (Ignacio Puiggari, sj)

Evangelio según San Marcos 3, 20-35

Jesús regresó a la casa, y de nuevo se juntó tanta gente que ni siquiera podían comer. Cuando sus parientes se enteraron, salieron para llevárselo, porque decían: “Es un exaltado”. Los escribas que habían venido de Jerusalén decían: “Está poseído por Belzebul y expulsa a los demonios por el poder del Príncipe de los demonios”. Jesús los llamó y por medio de comparaciones les explicó: “¿Cómo Satanás va a expulsar a Satanás? Un reino donde hay luchas internas no puede subsistir. Y una familia dividida tampoco puede subsistir. Por lo tanto, si Satanás se dividió, levantándose contra sí mismo, ya no puede subsistir, sino que ha llegado a su fin. Pero nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y saquear sus bienes, si primero no lo ata. Sólo así podrá saquear la casa. Les aseguro que todo será perdonado a los hombres: todos los pecados y cualquier blasfemia que profieran. Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tendrá perdón jamás: es culpable de pecado para siempre”. Jesús dijo esto porque ellos decían: “Está poseído por un espíritu impuro”. Entonces llegaron su madre y sus hermanos y, quedándose afuera, lo mandaron llamar. La multitud estaba sentada alrededor de Jesús, y le dijeron: “Tu madre y tus hermanos te buscan ahí afuera”. Él les respondió: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?”. Y dirigiendo su mirada sobre los que estaban sentados alrededor de él, dijo: “Estos son mi madre y mis hermanos. Porque el que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre”.


En el evangelio de este domingo Jesús se mueve en relación a tres interlocutores fundamentales: la multitud de seguidores, los escribas y sus propios parientes. Su presencia convoca y además interpela. La pregunta de fondo que gravita en torno de ellos es: ¿quién es Jesús y qué le corresponde o no hacer? De algún modo de esa pregunta se desprende una palabra que sitúa a las distintas personas que lo buscan o cuestionan. Además, tomada por el mismo Jesús, esa pregunta por su ser y el modo de su acción nos remite al Padre y su voluntad, lo mismo que refleja al Espíritu de Amor que lo guía y acompaña. Preguntar por Jesús y buscar su presencia, al tiempo que nos sitúa y ubica, nos sumerge en el misterio de la relación trinitaria y el modo de su acción salvífica. Este referirnos a la trinidad por parte de Jesús conlleva siempre, para nosotros, cierto aprendizaje y crecimiento en torno al mundo de nuestros deseos – desear qué en última instancia – y respecto al discernimiento que nos ayuda a descifrar por dónde sí anda el Amor de Dios y por dónde no.

El hecho de estar con Jesús despierta pues este doble desafío: mundo de deseos y discernimiento. Respecto de ello, podemos mirar a Jesús y tomar como recurso de ayuda la actitud que él mismo mantiene. De algún modo, los parientes, los escribas y los seguidores se dirigen a Jesús con respuestas ya armadas: “es un exaltado”, “está poseído”, “tienes que atender a tus parientes”. En cada caso las personas reaccionan velozmente desde respuestas elaboradas para las preguntas sobre quién es y qué debe hacer. Reaccionan rápido porque hay un conflicto, una carencia, un problema que resolver; y eso, en general, nos angustia. Jesús, sin desatender el conflicto, afirmado en la carencia la asume de tal modo que habilita tanto el orden de los deseos como el genuino discernimiento. Él no responde y actúa reaccionando, sino que se demora, espera y pregunta. Las preguntas, además de provocar el pensamiento, permiten mirar de un modo nuevo a los otros tanto en su necesidad como en la dignidad de su libre seguimiento; y junto al reconocimiento de los otros, permite vislumbrar la presencia del Espíritu en medio de la comunidad y aquello que tiene olor a reino y a voluntad de Dios. La pregunta es un recurso de más escucha, de afinar el fondo de aquello que deseamos; lo mismo que un pedido de presencia junto al anhelo de más seguimiento y reino. Estar con él y preguntarle son dos regalos y ayudas que nos permiten seguir caminando en medio de las pequeñas y grandes encrucijadas o conflictos.

Pidámosle a María la demora serena de su mirada agradecida y abierta al sí de la acción eficaz, que por ser tal repercute misteriosamente en la vida de todos los hombres y en la vida de Dios.

Ignacio Puiggari, sj
Estudiante Teología

, , , , , , , , , , ,
Publicación anterior
Y no se decir que no
Publicación siguiente
Vale toda vida

Publicaciones relacionadas

Menú