Reflexión del Evangelio del Domingo 16 de Junio (Ignacio Puiggari, sj)

Evangelio según San Juan 16, 12-15

Durante la Última Cena, Jesús dijo a sus discípulos: Todavía tengo muchas cosas que decirles, pero ustedes no las pueden comprender ahora. Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él los introducirá en toda la verdad, porque no hablará por sí mismo, sino que dirá lo que ha oído y les anunciará lo que irá sucediendo. Él me glorificará, porque recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes. Todo lo que es del Padre es mío. Por eso les digo: Recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes.


En la fiesta de la Santísima Trinidad, este evangelio nos mueve a comprender la peculiar relación de amor e intercambio divino entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Sin duda que contemplar esta comunicación que mantienen las Personas divinas puede iluminarnos en varios aspectos las formas en que de hecho nos relacionamos con Dios y entre nosotros. Pues se trata de un peculiar “comercio” donde circulan “lo tuyo y lo mío” y cuya consecuencia más notable es el incremento de “verdad” y de “belleza en el Amor” (Gloria). Persigamos esta imagen del comercio para ver qué nos dice.

En Santa Fe, Buenos Aires, Santiago de Chile… tenemos noticias de varios comercios. En su interior sucede el intercambio, puesto que en ellos aparecen los objetos que necesitamos: allí están las paletas de paddle con las que les ganaría a los mellizos cualquier partido, por allá el kilo de azúcar, más acá la pasta de dientes, etc. Entramos con una necesidad, con una carencia y dejamos que la verdad del objeto se muestre y movilice nuestra “renuncia gananciosa”; pues, no se trata de robar sino de dar un bien nuestro a cambio de otro. Claro que hay negocios y negocios: ¿en qué consiste el negocio de la Trinidad? ¿Cuál es su changa? O bien, ¿a qué renuncia gananciosa nos invita? Su comercio no es a base de objetos sino, más bien, a base de amor. Cada uno entra con su carencia de ser y de amor, que de hecho es lo único que tenemos para negociar con Dios. Y es lo que sucede en cualquier relación de amor cuando uno queda vulnerable ante la sola necesidad de sentirse mirado, recibido o escuchado. Lo sorprendente es cuando el cajero nos dice “nada tienes que pagar” porque en esta casa no sos un cliente sino un hijo y un hermano. Y parece que lo que finalmente incrementa en nosotros es la identidad: la comprensión que nos faltaba acerca de nosotros mismos y acerca de nuestro Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Pidámosle a la Santísima Trinidad la gracia de desplegar el don de esta filiación no impidiéndoles a otros la entrada gozosa que el Espíritu promueve.

Ignacio Puiggari, sj
Estudiante Teología

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