Ignacio y los libros

Bien sabemos la historia de San Ignacio y su conversión. Conocemos la herida en la pierna a causa de la bala de cañón y sus posteriores sufrimientos. En el pequeño libro de su Autobiografía él mismo narra algo de esa vivencia trágica y dolorosa. Pero es allí, durante su convalecencia, que el Peregrino se contacta con los libros de la vida de Jesús y de los santos. Dos obras que lo adentrarán en un sinfín de preguntas y cuestionamientos.
La experiencia de fragilidad del Peregrino se convierte en la oportunidad de adentrarse en su mundo interior, un mundo lleno de deseos ciegos y desordenados, pero deseos al fin.

Dice Jorge Luis Borges que el libro es la extensión de la memoria y la imaginación del ser humano. Memoria de hazañas, de búsquedas y conquistas, pero también de fracasos y errores. El libro contiene aquello que la memoria, por eso del tiempo, tiende a descartar. En este sentido, el libro es un conservador de los hechos de la humanidad y, por qué no, también del obrar divino en medio de ellos.
Pero también el libro abre mundo y propone nuevas aventuras. Como la que vivieron San Francisco, Santo Domingo, Brochero, Pedro Arrupe, Óscar Romero, y tantos otros que se animaron a vivir la aventura de La Palabra hecha carne (Jn 1,14).
Esta aventura en forma de deseo fue lo que experimentó el Peregrino desde su lecho, allá en el castillo de los Loyola. La lectura de esos libros lo zambulleron en la memoria de Dios, a la vez que lo empujaron a la vivencia de un mundo desconocido. La imaginación, lentamente reeducada, se fue convirtiendo en su mejor compañera de aventuras. De esta manera, el Peregrino emprendía viajes que lo encendían de deseos y lo inflamaban de valor. Leer era viajar y arriesgarse. La lectura se convirtió entonces en la más revolucionaria de las formas de cambiar el mundo. Cambiando él, el mundo podría ser distinto.

La lectura espiritual es una manera de nutrir el espíritu. En esta época, es necesario animarse a leer un buen libro. Algo que cambie al lector, que lo haga nuevo, que lo aventure a mundos desconocidos.
Si lo que leemos no nos cambia, entonces, ¿qué leemos? Porque, tal como dice el profeta Isaías, la Palabra de Dios no vuelve a Él estéril, sino sólo después de haber hecho aquello para lo cual fue enviada (55, 10-11).
La Palabra que entra en lo profundo del corazón lo cambia. Por eso, es necesario estar atento a las cosas que leemos. Tenemos la obligación de discernir nuestras lecturas, y confiar sin más en que la Palabra hará su obra.

Alfredo Acevedo, sj

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