Reflexión del Evangelio del Domingo 17 de marzo (Fabio Solti, sj)

Evangelio según San Lucas 9, 28b-36

Jesús tomó a Pedro, Juan y Santiago, y subió a la montaña para orar. Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se volvieron de una blancura deslumbrante. Y dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que aparecían revestidos de gloria y hablaban de la partida de Jesús, que iba a cumplirse en Jerusalén. Pedro y sus compañeros tenían mucho sueño, pero permanecieron despiertos, y vieron la gloria de Jesús y a los dos hombres que estaban con él. Mientras estos se alejaban, Pedro dijo a Jesús: “Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Él no sabía lo que decía. Mientras hablaba, una nube los cubrió con su sombra y al entrar en ella, los discípulos se llenaron de temor. Desde la nube se oyó entonces una voz que decía: “Este es mi Hijo, el Elegido, escúchenlo”. Y cuando se oyó la voz, Jesús estaba solo. Los discípulos callaron y durante todo ese tiempo no dijeron a nadie lo que habían visto.


En este segundo domingo de cuaresma (tiempo de volcar la vista al Señor), la liturgia nos propone meditar la Transfiguración.

Jesús pide a sus amigos que lo acompañen al monte. Él ya tiene determinado el “para que”: Jesús se transfigura en oración y hace parte de esa trasfiguración a sus amigos que lo acompañan también “para rezar”.

Durante la oración, nos dice el evangelio, el rostro de Jesús cambia y sus vestiduras brillan, lo que nos habla de la manifestación de su condición divina.

Aparecen luego dos personajes: Moisés es representativo de la Ley, la Torá del Antiguo Testamento, que regía la vida del pueblo judío y Elías es representativo de los profetas en general. Podemos decir entonces que la manifestación de esos dos personajes, hablando con Jesús, nos dice respecto a cómo toda la Antigua Alianza ahora mira hacia Jesús. Así, la antigua alianza, converge en Nueva Alianza: La nueva y definitiva alianza que nos propone con Jesús, Dios Padre.

En su oración Jesús acepta la misión del Padre, acepta ir a Jerusalén, con la certeza de lo que ahí va a ocurrirle, pero con la confianza en que adhiriendo a la voluntad del Padre la Humanidad estará salvada. Jesús no se evade en la oración.

La verdadera oración consiste en intentar buscar y hallar la voluntad de Dios en nuestras vidas. Rezar es incluir a la realidad en la “conversa” que tenemos con Dios en intimidad para asumirla con más responsabilidad. Es decir que, transfigurados en la oración, podemos también transfigurar la realidad, confiando siempre en el amor fiel e inagotable del Señor.

Por otro lado, tenemos las imágenes de los apóstoles pidiendo a Jesús quedarse en esa “comodidad”. Esta sería una actitud errónea con la cual podemos entender una “oración”: evadirse de la realidad en la búsqueda de un momento intimista para encontrar una especie de paz pasajera o “comodidad” pasajera. Es muy interesante, que cuando los apóstoles piden quedarse “cómodos” aparece la voz del Padre que los invita a “escuchar” a Jesús.

Es escuchando a Jesús, en intimidad, que vamos a poder mudar la realidad de pecado que encontramos en nuestra habitualidad. Es mirando a Jesús, nueva alianza, que vamos a poder responder con determinación a la invitación de continuar con su trabajo: denunciar las injusticias y anunciar y construir un mundo de equidad.

Nosotros también podemos subir con Jesús a la “montaña de la oración”, para “CON ÉL” transfigurarnos y bajar para ser Iglesia que evangeliza anunciando su Palabra y poniéndola en práctica.

Que este tiempo de cuaresma sea propicio para eso: volver a Jesús y dejar su marca.

¡Volemos alto!

¡Así sea!

Fabio Solti, sj
Estudiante Teología

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