Reflexión del Evangelio del Domingo 11 de Noviembre (Oscar Freites, sj)

Evangelio según San Marcos 12, 41-44

Jesús se sentó frente a la sala del tesoro del Templo y miraba cómo la gente depositaba su limosna. Muchos ricos daban en abundancia. Llegó una viuda de condición humilde y colocó dos pequeñas monedas de cobre. Entonces él llamó a sus discípulos y les dijo: “Les aseguro que esta pobre viuda ha puesto más que cualquiera de los otros, porque todos han dado de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir”.


El evangelio de este domingo nos trae algunas enseñanzas que no podemos dejar pasar.

Jesús se sentó a mirar… No se detuvo simplemente a ver cómo la gente pasaba, sino que se detuvo a mirar. En medio del bullicio, del ir y venir de tanta gente, Jesús se detiene a mirar y a dejarse mirar por la realidad. Parece que Jesús quiere invitarnos a tener la capacidad de contemplar en profundidad aquello que cotidianamente ocurre a nuestro alrededor. Sin preguntas, sin especulaciones, sin debates; solamente contemplando y dejando que la realidad nos interpele, nos cuestione, nos transforme.

En la sala del tesoro del Templo... Podemos imaginarnos aquel lugar abarrotado de gente, una multitud de voces, aromas y colores; una sobreabundancia de estímulos para cada uno de nuestros sentidos. Estar en aquella sala, sería algo así como subirse, en alguna de nuestras ciudades, en un transporte público a la hora en que todos van saliendo de sus trabajos. En medio de esta cotidiana y frenética realidad, Jesús es capaz de mirar más allá. Es capaz de contemplar los gestos radicales y sencillos que silenciosa o estruendosamente se van sucediendo.

Una viuda de condición humilde… En medio de aquel bullicio, irrumpe el gesto silencioso de aquella mujer que se anima a darlo todo. Una acción contrastante que sólo aquél que se detuvo a mirar puede llegar a contemplar. El evangelio no nos dice que Jesús se acerque o dialogue con aquella mujer. Sencillamente la contempló, miró en profundidad su humanidad y comprendió que ella estaba amando más. Sin aparentar, sin relucir, sin teorizar; aquella viuda había ofrecido confiadamente lo poco que poseía.

Todo lo que tenía para vivir… La ofrenda de la viuda devela una actitud muy contraria al modo de proceder de aquellos escribas de los cuales Jesús hace referencia al inicio de este trozo del evangelio. Sin escatimar, sin calcular, la viuda ofrece todo lo que tiene. Con ello, se colocan frente nuestro, dos maneras muy distintas de construir y llevar adelante relaciones. La apariencia que busca recompensas y la gratuidad que se ofrece confiadamente.

Detenerse, mirar, contrastar, para dejarse transformar… Sencillos y a la vez complicados pasos que el evangelio nos invita a transitar en nuestra cotidianeidad. Pasos para cuidarnos de los vínculos construidos sobre la apariencia y el egoísmo autorreferencial; pasos para aprender de la gratuita generosidad de aquellos que, teniendo poco lo dan todo.

Pidamos a Jesús que nos enseñe a detenernos a contemplar los silenciosos contrastes de nuestra cotidianeidad, para descubrir allí la voz de Dios nos invita a amar sin calcular.

Oscar Freites, sj
Estudiante Teología

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