Reflexión del Evangelio del Domingo 3 de Junio (Patricio Alemán, sj)

Evangelio según San Marcos 14, 12-16 22-26

El primer día de la fiesta de los panes ácimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, los discípulos dijeron a Jesús: “¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la comida pascual?”. Él envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: “Vayan a la ciudad; allí se encontrarán con un hombre que lleva un cántaro de agua. Síganlo, y díganle al dueño de la casa donde entre: El Maestro dice: “¿Dónde está mi sala, en la que voy a comer el cordero pascual con mis discípulos?”. Él les mostrará en el piso alto una pieza grande, arreglada con almohadones y ya dispuesta; prepárennos allí lo necesario”. Los discípulos partieron y, al llegar a la ciudad, encontraron todo como Jesús les había dicho y prepararon la Pascua. Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: “Tomen, esto es mi Cuerpo”. Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, y todos bebieron de ella. Y les dijo: “Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos. Les aseguro que no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios”.


Hoy celebramos una de las fiestas más especiales que tenemos como Iglesia, la fiesta del Cuerpo de Cristo. Hoy celebramos la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Una presencia viva que camina con nosotros, que sigue entregándose para darnos vida, y vida en abundancia.

Al contemplar la escena del evangelio de este domingo, vemos a Jesús rodeado de sus discípulos. Ellos no son los mejores; no son los que más conocen de las Escrituras. Están llenos de dudas y miedos. Uno lo entregará. El otro lo negará. El resto se dispersará. Sin embargo, la eucaristía celebrada esa noche los convoca a todos. Todos ellos están sentados a la mesa en torno de Cristo. Y Cristo les comparte su pan, el Pan vivo, porque sabe que es el mejor modo para seguir presente entre ellos y entre nosotros, y así entender que su Cuerpo es lo que nos permite disipar los miedos y dudas que habitan en nuestros corazones. Que permite sanar nuestras heridas, liberarnos de vergüenzas y culpas que nos deshumanizan. Porque su Cuerpo no es un premio para los mejores, para los más preparados, para los entendidos o sabios. Su Cuerpo es un don para los pecadores, para los hombres y mujeres que se reconocen frágiles. Para aquellos que se reconocen capaces de amar con una gran pasión a pesar de a veces negarlo por miedo, o porque simplemente no entendemos su Amor. Nos asusta creer que hay Alguien capaz de confiar ciegamente en nosotros, en nuestra vida y nuestra historia.

Nos asusta experimentar un Amor que no nos exige nada y que simplemente está ahí, esperándonos. Nos asusta contemplar que ese Alguien, tan inmenso y tan sencillo, se pone en nuestras manos. Se deja tocar. Se deja acoger. Es inevitable pensar y creer que, al hacerlo, somos nosotros mismos quienes nos ponemos en sus manos, quienes nos dejamos acoger y tocar por Él que es la vida. En sus manos ponemos nuestra persona para que nos reconcilie con nosotros mismos, para que nos unifique internamente: que seamos uno con nuestros sueños y nuestros miedos, con las propias esperanzas y las propias luchas, con los deseos y dolores que cargamos en nuestro corazón. Porque la Eucaristía está destinada para aquellas personas que, entre miedos y dudas, entre amores y desencuentros, siguen confiando en aquél que nos amó primero. Es decir, es para aquellos locos que permanecen amando en medio de tanta incertidumbre propia y ajena. Y tal vez sea eso lo que más nos asusta y asombra: experimentar un Amor que no nos exige nada y que simplemente está ahí, esperándonos para compartir nuestras historias y vidas.

Pero la Eucaristía no sólo nos reconcilia y unifica internamente. Al comulgar el Cuerpo de Cristo, nos reconocemos parte de una gran comunidad. Y al mismo tiempo que dejamos que el Señor actúe en cada uno de nosotros, también escuchamos su llamada e invitación a reconciliarnos con la comunidad de hermanos y hermanas, y con nuestra casa común. Porque la Eucaristía no es “para mí”, sino “para nosotros”. Porque la Eucaristía se celebra sentándose a la mesa con aquellos que se reconocen frágiles, con aquellos que tienen hambre y sed de una comunidad cada vez más fraterna y humana. Nos vamos unificando interiormente del mismo modo que nos vamos transformando en pan para otros. Porque sólo perdiendo la vida por Cristo y su evangelio, la encontramos. Porque sólo unificándonos, nos volvemos pan. Porque sólo compartiendo la vida, vamos siendo uno: con nosotros mismos, con Dios y con los otros.

Patricio Alemán, sj
Estudiante Teología

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