Coloquio con el Señor

Señor, estamos aquí en tu presencia, a tu alrededor, como tus discípulos, para escuchar tus enseñanzas y tus consejos, para una charla íntima contigo, como los apóstoles, cuando con toda confianza te decían: Señor, enséñanos a orar; Señor, explícanos la parábola. Con la confianza que nos inspiran tus palabras: Ustedes son mis amigos; No los llamo ya siervos…, a ustedes los he llamado amigos, tenemos tantas cosas que decirte, tenemos necesidad de escuchar tantas cosas de ti: Habla, Señor, que tu siervo escucha. Porque hablas como jamás un hombre ha hablado. Señor, ¿A quien vamos a ir? Tu tienes palabras de vida eterna.

Estamos ciertos, Señor, de que tus promesas son sinceras y no engañan: Pidan y se les dará…, llamen y se les abrirá. Animados con estas palabras, queremos hoy pedirte muchas cosas, que en definitiva se reducen a una sola: Venga tu Reino. Hágase tu voluntad. En esto se resume todo lo que te pedimos; sin embargo, aunque no sea más que por desahogo del corazón, queremos hacerte una serie de peticiones, como lo hacían los que te rodeaban en el tiempo del Evangelio.
Señor, cuando me siento ciego y sin luz para comprender lo que debo hacer yo, o sugerir a los otros, vienen a mis labios las palabras del ciego del evangelio: Señor, que vea. Da luz a mis ojos para que puedan ver siempre la realidad verdadera y no me deje engañar por la falsa apariencia del mundo. Cuántas veces me cuesta dar oídos a tus palabras, cuántas veces permanezco sordo a tus llamadas, a tus órdenes, a tu misión.

Repíteme, Señor, también a mí lo que dijiste al sordomudo: Effeta, que quiere decir Ábrete, y mis oídos se abrirán y escucharán aquella tu voz tan profunda y sutil, que no llego a distinguir en el estruendo del mundo. Dame, sobre todo, sensibilidad y prontitud para escuchar, para que pueda oír cuando llamas a mi puerta: Mira que estoy a la puerta y llamo.
A veces, Señor, me encuentro interiormente tan pobre, tan sucio, tan lleno de heridas, peor que las de la lepra, casi todo una llaga y una úlcera (EE 58): extiéndeme tu mano, como hiciste con el leproso del evangelio: Si quieres, puedes limpiarme (Mt 8, 2), te pido que pronuncies la palabra todopoderosa: Quiero, queda limpio; y mi cuerpo quedará limpio como la carne de Naamán, después de haberse lavado en las aguas del Jordán.
La debilidad de mi alma me da a veces la sensación de decaimiento, como de morir. Por eso te pido, desde lo más profundo de mi ser, como el Centurión: Di una sola palabra y mi criado quedará sano; que también yo pueda decirte con la misma fe: y tu criado, es decir, mi alma, quedará sana. (…)
Señor, otras veces, el peso de mi responsabilidad me aplasta, viéndome tan poca cosa delante de mi vocación, tan superior a mis propias fuerzas. (…) Si en ciertos momentos de desaliento y de abatimiento me parece, como a los apóstoles, sumergirme y casi ahogarme, vuelvan a resonar en mi alma las palabras de ánimo y de dulce reproche que dijiste a Pedro: Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado? Aumenta, Señor, nuestra fe. (…)

Para que se renueve nuestro fervor, repítenos, Señor, aquellas tus palabras que son una invitación y una promesa al mismo tiempo: Vénganse conmigo y los haré pescadores de hombres. Y danos valor para que nos hagamos sal de la tierra y luz del mundo. Dinos lo que hemos de hacer. Siguiendo el consejo de tu Madre en Caná: Hagan lo que él les diga, estamos ciertos de que, si acogemos tus palabras, tu fuerza todopoderosa no sólo cambiará el agua en vino, sino que hará de nuestros corazones de piedra corazones de carne. Por eso te pedimos: ayuda a mi falta de fe. (…)Que podamos también nosotros ser dignos de escuchar tu respuesta: El que tenga sed, que se acerque, y el que quiera, reciba gratuitamente agua de vida, y tu infalible promesa Sí, pronto vendré.
Amén, Ven, Señor Jesús.

Pedro Arrupe, sj

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