Ayer concluía la histórica Cumbre Anti-abusos convocada por el Papa

Ayer concluía una histórica cumbre en el Vaticano. Casi 200 líderes de la Iglesia Católica (sacerdotes presidentes de las conferencias episcopales, quienes representaban a los demás obispos de sus países) se reunieron para escuchar y afrontar la grave problemática que ha atravesado a la Iglesia Católica: los abusos -y su encubrimiento- ejercidos por parte de autoridades eclesiales.

Durante tres días se debatió cómo movilizar a los representantes de la Iglesia en la toma de acciones efectivas para la prevención, denuncia, tratamiento por parte de la justicia legal de los abusadores, y el integral acompañamiento a las víctimas. Así lo expresó el papa Francisco: “El pueblo de Dios nos mira y se espera no obvias y simples condenas, sino establecer medidas concretas y eficaces. Escuchemos el grito de los niños que piden justicia”.

Además, se escucharon los testimonios de muchas víctimas de abusos y violaciones por parte de sacerdotes. Hubo también monjas que confesaron ser abusadas. Tal como manifestaron los testimonios, no sólo se trata de un abuso sexual, sino de un abuso espiritual, de conciencia, de autoridad y poder. Los abusos muchas veces van acompañados de manipulaciones de conciencia por parte del abusador, y confusión, culpa y vergüenza por parte del abusado. De hecho, las víctimas suelen ser personas en situaciones vulnerables (hijos de familias muy pobres, problemáticas), cuyos relatos de denuncia probablemente no sean escuchados.

Se trata de la primera vez en la historia que líderes de la Iglesia Católica son convocados a pedido del papa para reunirse a afrontar “la plaga de abusos sexuales” cometidos por miembros de la Iglesia. Que estos hechos hayan salido últimamente a la luz (sobretodo tras los numerosos casos de abuso sistemático y encubierto en Chile y Estados Unidos) y que la sociedad, a nivel global, haya tomado conocimiento y conciencia de ello, son sucesos que han provocado una fuerte pérdida de la credibilidad en la institución. Sobretodo, teniendo en cuenta que estas cosas pasaron históricamente, por más que sólo ahora se traten públicamente.

«Confesamos que obispos, sacerdotes, diáconos y religiosos en la Iglesia hemos ocasionado violencia a niños y jóvenes, y que no hemos protegido a quienes más necesitaban de nuestra ayuda. Hemos protegido a los culpables y hemos silenciado a los que han sufrido el mal. Confesamos que no hemos reconocido el sufrimiento de muchas víctimas, ni hemos ofrecido ayuda cuando la necesitaban», declara el cardenal y arzobispo de Wellington (Nueva Zelanda) John Dew, en la lectura de petición de perdón.

Espero que los laicos también tengamos algo que decir en todo esto. Que asumamos nuestra responsabilidad como partes de la institución Iglesia. Y creo que ello implica el que se pueda hablar de la sexualidad dentro de ella, no desde la visión distorsionada de la culpa (que muchas veces fue y es adoptada por parte de las autoridades católicas), sino desde el respeto, del cuidado, la libertad y el amor. Espero que podamos ser críticos cuando una persona desde un lugar de autoridad y poder (como lo es un sacerdote, con todo lo que él representa para los fieles) dice o hace algo que en nuestra conciencia percibimos que no está bien; que podamos actuar ante ello como lo haríamos como con cualquier otra persona. Que podamos deconstruir las posturas irreflexivas, y sentirnos dignos de tomar la palabra, de denunciar cuando algo no está bien. Sobretodo, cuando lo que está en juego es la fragilidad y la vulnerabilidad de otros.

Mili Raffa

Fuentes:
Diario El Mundo «Escuchemos el grito de los niños que piden justicia: papa Francisco en la cumbre contra pedestría»  y «La cumbre antipedestria entona el mea culpa: Hemos protegido a los culpables»

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