Reflexión del Evangelio del Domingo 8 de Noviembre (Franco Raspa, sj)

Evangelio según San Marcos 12, 38 – 44.

Jesús enseñaba a la multitud: “Cuídense de los escribas, a quienes les gusta pasearse con largas vestiduras, ser saludados en las plazas y ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los banquetes; que devoran los bienes de las viudas y fingen hacer largas oraciones. Estos serán juzgados con más severidad”.

Jesús se sentó frente a la sala del tesoro del Templo y miraba cómo la gente depositaba su limosna. Muchos ricos daban en abundancia. Llegó una viuda de condición humilde y colocó dos pequeñas monedas de cobre.

Entonces él llamó a sus discípulos y les dijo: “Les aseguro que esta pobre viuda ha puesto más que cualquiera de los otros, porque todos han dado de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir”.

Quizá sean pocos los momentos de la vida, en los cuales todos los seres humanos nos encontremos ante momentos de real indigencia. El nacimiento y la muerte pueden ser buenos ejemplos de ello. En el evangelio de este domingo, Jesús nos invita a adentrarnos en la hondura del misterio del ser humano.

El evangelista Marcos comienza describiendo cómo Jesús le enseña a la multitud a poner cuidado ante aquellas actitudes, que nos alejan del Señor y nos encierran más en nosotros mismos. Al hablar acerca de cómo proceden los escribas, Jesús no pretende atacar a estas personas, sino desnudar ante los ojos de la multitud la miseria del pecado, que nos ubica muchas veces por encima de nuestros hermanos. Haciéndonos creer que somos superiores a los demás.

Pero el Señor da un paso más, deseando ir a la raíz misma del pecado en el hombre. Ante la limosna, como invitación a una entrega totalmente gratuita, Jesús observa el proceder de dos tipos de personas. Una de ellas es rica, la otra, es una viuda. Recordemos que en tiempos de Jesucristo, las viudas, los pobres y los huérfanos, eran las personas más indigentes del pueblo.

Jesús primero observa como los ricos daban en abundancia, realizando una entrega generosa. El Señor lejos de despreciar la abundancia que los ricos pudiesen poseer, lo que desea descubrirles, es de qué manera esa propiedad que han ido logrando a lo largo de su vida, los ha ido alejando más y más de su Señor. No porque no sean generosos en la limosna, sino porque el hombre rico se ha apropiado tanto de sus riquezas, que es incapaz de dar de sí. Da de lo que ha acumulado, pero no da de su indigencia. El lamento de Jesús por los que se abrazan a sus riquezas, es porque ellas le han robado al hombre el abrazo de su Señor.

Jesús mismo, detiene la escena ante la presencia de la viuda, ella se acerca al lugar de la entrega, y ante ella, el Señor hace torcer la mirada de sus discípulos, haciéndola que se clave en la mujer indigente. Es ella la portadora del ejemplo que Jesús desea transmitir a aquellos, que están dispuestos a seguirlo. La viuda, envuelta en la indigencia por la cual llegamos al mundo, totalmente desnuda de propiedades y afecciones, pobre de entre los pobres, saca de sí misma todo lo que posee para vivir y lo hace donación. Ante ella Jesús se detiene y contempla, porque la pobre viuda, esta donándose a sí misma. No le queda más propiedad que su propia vida. Sin embargo, confiada solo en Dios, la entrega.

Abramos nuestro corazón al llamado de Jesús, que nos invita a salir de aquellos afectos que nos aprisionan el alma. No permitamos que las riquezas nos impidan la entrega gratuita al Señor de la vida. Volvamos la mirada al Señor, y preguntémosle ¿Señor en quiénes quieres que fije la mirada?

Franco Raspa, sj
Estudiante Teología

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