Reflexión del Evangelio del Domingo 14 de Octubre (Maximiliano Koch, sj)

Evangelio según San Marcos 10, 17-30

Jesús se puso en camino. Un hombre corrió hacia él y, arrodillándose, le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la Vida eterna?”. Jesús le dijo: “¿Por qué me llamas bueno? Sólo Dios es bueno. Tú conoces los mandamientos: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no perjudicarás a nadie, honra a tu padre y a tu madre”. El hombre le respondió: “Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud”. Jesús lo miró con amor y le dijo: “Sólo te falta una cosa: ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme”. Él, al oír estas palabras, se entristeció y se fue apenado, porque poseía muchos bienes. Entonces Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: “¡Qué difícil será para los ricos entrar en el Reino de Dios!”. Los discípulos se sorprendieron por estas palabras, pero Jesús continuó diciendo: “Hijos míos, ¡qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de Dios”. Los discípulos se asombraron aún más y se preguntaban unos a otros: “Entonces, ¿quién podrá salvarse?”. Jesús, fijando en ellos su mirada, les dijo: “Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque para él todo es posible”. Pedro le dijo: “Tú sabes que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido”. Jesús respondió: “Les aseguro que el que haya dejado casa, hermanos y hermanas, madre y padre, hijos o campos por mí y por la Buena Noticia, desde ahora, en este mundo, recibirá el ciento por uno en casas, hermanos y hermanas, madres, hijos y campos, en medio de las persecuciones; y en el mundo futuro recibirá la Vida eterna”.


A Monseñor Romero, cuya vida y muerte inspiraron estas palabras y tantas veces me invitaron a sumergirme en el misterio del Amor.

¿Por qué la gente se acercaba a Jesús? Hay algunos casos que son “razonables”: los enfermos confiaban que podrían ser sanados; los hambrientos, que encontrarían un poco de pan para saciar su apetito; los excluidos sociales, como las mujeres de aquel tiempo, podrían finalmente serían acogidos y abrazados. Pero hay otro grupo de personas que también se siente atraída a pesar de que no parece estar enferma, hambrienta o marginada. Son quizá los menos, pero también son mencionados en los Evangelios. Simón, el fariseo que invitó a comer a Jesús o el joven rico del evangelio que nos presenta la liturgia en este domingo, son ejemplos de este grupo.

Los evangelios los mencionan, pero no dicen los motivos por los cuales buscaban en Jesús. Si lo pensamos por un momento, pocas razones se podrían dar. Ellos tenían dinero, prestigio social, eran aceptados por las autoridades políticas y religiosas y seguramente tenían personas a su servicio que procurarían cubrir sus necesidades. Entonces, ¿por qué acercarse a un hombre que no hace sino romper tradiciones, leyes, costumbres? ¿Por qué invitar a Aquel que tiene por amigos a pecadores y recaudadores de impuestos? ¿No son sus discípulos sino gente sencilla de Galilea? ¿Cómo se puede explicar que un hombre ponga en riesgo todo lo que tiene al acercarse a Jesús?

Si trasladamos estas preguntas a nuestro contexto, resulta aun más inexplicable: nosotros conocemos toda la trama de la historia. Sabemos que Ese, a quien seguimos, no tuvo lugar entre las personas y por eso nació en un establo, rodeado de animales. También sabemos que en muchas ocasiones su familia no lo comprendió y lo tuvo por loco por predicar que el Reino de Dios ya estaba allí, presente entre los suyos. Sus amigos parecían preocuparse más por los puestos que ocuparían cuando Él llegase a ´reinar´ que por compartir la suerte del Maestro y, cuando las cosas se pusieron definitivamente mal, lo dejaron solo. Y finalmente sabemos que así murió, solo, clavado en una cruz, con su cuerpo y sueños rotos.

Pero por Ese, como el joven rico, nos sentimos inexplicablemente atraídos, como si no fuésemos conscientes que se nos invita a correr con su misma suerte: llenar de vida a establos, tener como amigos a enfermos, excluidos y marginados; morir a nuestros propios deseos por amor incondicional a los demás. A Ese, que nos incomoda con sus preguntas, que nos invita a dejarlo todo para seguirlo, que quiere que miremos al mundo con la confianza de ser amados y salvados, le tenemos por Dios y Señor.

Todo esto es, definitivamente, incomprensible. Es mucho más razonable lo que hizo el joven rico después de escuchar a Jesús y a pesar de ser mirado con amor: se alejó de aquel hombre para seguir viviendo con sus riquezas y prestigio social. Y es todavía mucho más razonable, en nuestro tiempo, confiar en la mecánica del mercado, de la industria, del capital que en la fuerza la Vida, del Amor, del Perdón, de la Solidaridad, de la Entrega. Nuestra opción no es solo incomprensible: es absurda.

Quizá la única respuesta que puedo aventurar es que a los cristianos nos atrae el modo en el que Jesús ama, cuida, acerca, congrega, lava heridas, se acerca de los marginados, perdona. Le vemos sostener una mirada de esperanza por la humanidad y gritar que el Reino de Dios ya está aquí. Pero solo podrán ver comprender este mensaje quienes compartan este incomprensible modo de vida. Los cristianos emprendemos este absurdo e inexplicable camino y sentimos que se nos caen escamas de los ojos y podemos ver una realidad distinta y nueva, en el que el Dios de la vida todavía sana enfermos, todavía comparte el pan, todavía se acerca a los marginados.

Y así, los cristianos comprendemos que este camino, absurdo e inexplicable, vale la pena. Amar como Cristo amó, vale la pena. Como creemos que vale la pena dejar las comodidades de una vida centrada en el “yo” para acercarnos a los lugares donde están los refugiados, desplazados, hambrientos, marginados. Y también pensamos y profesamos que vale la pena morir en una cruz o atravesado por una bala defendiendo los pobres cuando lo hacemos por amor, como ocurrió con Monseñor Romero en El Salvador. No estamos ciegos a los problemas y sufrimientos que implica el seguimiento, pero creemos que, como Él, podremos tolerarlos si también amamos radicalmente.

Alejados de las razones del mundo, los cristianos sabemos que nuestra opción de vida se configura porque hemos sido amados profundamente y eso da sentido a todo. Y que caminamos hacia la provisionalidad de la confianza en el Padre confiados en que nuestros hermanos sostendrán nuestros pasos. Y, en el camino, no vemos fracasados o débiles de la historia, sino hijos también amados por Dios que necesitan ser por nosotros abrazados.

Maximiliano Koch, sj
Estudiante Teología

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