La duda de José

– “José, ¿qué sucede?”, le preguntó su amigo al verle la cara de abatido.

– “María”, le contestó.

– ¿Qué ha sucedido con ella? ¿Se encuentra bien? Ya están casados. Sólo falta que prepares todo para que puedas llevarla a tu casa y vivir juntos.

– Sí, eso es lo que he estado haciendo todos estos días. Pero…

– Pero qué, hombre, habla.

– Está embarazada.

– …

– No me mires así. El Espíritu de Dios la ha fecundado.

– ¿Me estás diciendo que no está embarazada de ti?

– Sí.

– Entonces tendrás que repudiarla en público y cumplir con la norma habitual. Y… bueno, que ella y su clan vean qué hacen con ese niño. Pero tú no puedes hacerte cargo de esta situación, hermano. Tu bondad tiene un límite.

– …

– Además, en nuestra aldea no hay más de 50 familias y todos nos conocemos ¡¡¡¿te imaginas lo que dirán de ti si se enteran?!!!

– Eso estuve pensando, pero no quiero hacerle daño. Es una buena mujer y la amo. Ella también está sorprendida y asustada con todo esto, aunque su serenidad me desconcierta un poco. Cuando me contó lo del ángel no podía entender bien a qué se refería. Siento en mi corazón que no quiero apoderarme del hijo de Dios, pero al parecer hemos elegido la misma mujer. Y nunca podría competir con Dios. Por eso en un momento pensé en divorciarme en secreto. Pero resulta que anoche tuve un sueño.

– ¿Un sueño?

– Sí, ya sabes que Dios suele comunicarse a veces en sueños.

– Lo sé, lo sé. Continúa. Y qué sucedió.

– Me dijo que no tuviera miedo en llevarme a María a casa porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Que dará a luz un hijo, y yo le pondré por nombre Jesús, porque él salvará a nuestro pueblo de los pecados.

– Suena algo muy grande y difícil de creer. ¿Qué tal? Mi amigo José padre de un niño que nos salvará a todos de estas miserias.

– No te burles de mí.

– José, tranquilo, simplemente le pongo un poco de humor. Ya sabes cómo soy. Ten paciencia, ve despacio y conversa con Dios sobre lo que tienes que hacer. Lo que me cuentas me recuerda a algo de tu familia. ¿Acaso no eres descendiente de David?

– Sí, he recordado lo mismo. He aquí mi duda.

– Claro, el ángel del sueño ha traído a tu memoria lo que le ocurrió a tu padre David en el memorable episodio del traslado del arca de la Alianza, símbolo de la presencia de Dios en medio del pueblo. David quiso instalar el arca de la Alianza en su casa, para lo cual organizó el traslado desde casa de Abinadad, en donde se custodiaba, hasta Jerusalén. Pero en el camino, cuando Uzzá intentó detener con sus manos al arca que amenazaba con caerse debido a los vaivenes del camino, cayó fulminado de muerte.

– Exacto. Y mi padre David vio, entonces, la santidad del arca y temió introducirla en su casa ya que él se sabía un hombre pecador, por ello la dejó en la casa de Obededom de Gat, hasta que viendo los beneficios que ésta aportaba a su custodio, decidió trasladarla y custodiarla finalmente en Jerusalén.

– Así fue.

– Y ahora yo me encuentro en la misma situación. Tengo que llevar a María a mi casa, pero ahora ella se ha convertido en la verdadera arca de la Alianza que lleva en su seno la presencia misma de Dios…

– … y qué hombre justo y honesto no duda de sí mismo y de su capacidad para acoger en su casa la presencia misma de Dios.

– Y sí, no resulta fácil. No dudo de María, sino de qué es lo que Dios quiere de mí en esta historia.

– Te entiendo, José. Todo hombre de Dios teme a lo que él lo invita. Mira Isaías o Jeremías, o el mismo David. Bueno, qué te diré si María está en las mismas. Es difícil considerarse digno de la misión de Dios.

“Eso es lo que me pasa”, pensó internamente con un alivio propio del que viene al charlar con los amigos de verdad. En sus ojos comenzó a brillar una luz que alumbró sus nuevos pasos y desde entonces entendió que debía ser imagen del Padre al que él mismo le debía todo.

Emmanuel Sicre, sj

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