Decreto de Bullrich: construir una mirada humana en una realidad compleja

Detenerse a mirar la realidad, con su complejidad, su caos, sus contradicciones, los grupos sociales (muchas veces antagónicos) que (con)viven en ella; captar este maremoto de deseos, intereses, luchas, reclamos, historias de vidas, anhelos, y hacerlo pensable, quizás eso debería intentar hacer la política.

Hoy conmociona a los argentinos -tanto para bien como para mal- el polémico decreto de Bullrich, que intenta legitimar el uso de armas de fuego por parte de las fuerzas de seguridad, en caso de que estas juzguen que corre peligro sus vidas, o la vida de un tercero. Antes, en el protocolo de actuación de Gendarmería Nacional, los efectivos tenían que esperar a que les dispararan; el de Prefectura Naval, también decían que sólo podían abrir fuego después de que disparen sobre ellos; o incluso la normativa de Policía Federal explicitaba que ni aún frente a la fuga se justificaba el uso de armas de fuego.

El análisis, y tomar una postura frente a este decreto, no debe simplificarse. Cuánto daño puede producir el reducir el complejo problema de la inseguridad a un conflicto de buenos contra malos, sin mayores problematizaciones.

Qué parcial puede ser la mirada, cuando sólo se contempla un punto de vista. Cuando sólo se atiende al relato de una experiencia de vida, contada desde un único lugar, sin contemplar ni escuchar el relato, la historia de vida, de la otra cara del problema.

Y eso es algo que sirve y se aplica para las dos posturas, opuestas, ante este decreto. ¿Qué decirle a una familia que perdió a su hijo en un asalto callejero; en donde las fuerzas de seguridad estuvieron ausentes? ¿Qué respuesta hay para tantos laburantes, que están cansados de que los asalten, y se lleven impunemente lo que tanto les costó conseguir (agregando que ya lo que se agradece no es que, por mera suerte, no se nos robe nada, sino salir ilesos o con vida del robo; el típico «por suerte no me hicieron nada»); o que están cansados de tener miedo a la vuelta del trabajo, cuando se hace de noche, y se escuchan tiros en el barrio ?
O bien podemos decir ¿Qué consuelo existe para la familia de un pibe de barrio, que perdió la vida de éste jóven, fruto de ser confundido con un delincuente por parte de la policía? Y más aún ¿Cómo pretender que baje la delincuencia, si la mitad de los jóvenes crece sin las condiciones materiales básicas para una vida digna (me baso en el reciente informe del UNICEF, que revela que el 48% de los niños y adolescentes argentinos crecen en la pobreza)? ¿Cómo pretender seguridad si gran parte de los argentinos no tiene acceso a un trabajo, si en los barrios -en las villas- no hay servicios públicos (salud, transporte, cloacas)… si cada vez más se amplía y se profundiza el carácter fragmentado, excluyente y desigual de nuestra sociedad? Desigualdad que no sólo se constituye desde lo material, sino desde la imposibilidad de acceder a bienes simbólicos, como educación, oportunidades, ser reconocidos como sujetos, y no como población de descarte; que por «portación de cara», el trato es diferente, el control (por no decir persecución) policial mucho mayor, el acceso a determinados lugares, a determinados derechos, a determinadas posibilidades, mucho más restringido. 

En este tipo de problemáticas, que a todos nos atraviesan, que a todos nos incumben, resulta clave evitar tomar posturas unidireccionales; juzgar sólo desde una única perspectiva. En estas problemáticas -sino siempre- la escucha atenta ante el relato de vida del otro, la mirada abierta, abarcativa, de las múltiples facetas de una misma problemática, de una misma realidad, pueden ser significativas para alcanzar respuestas y soluciones más justas, más humanas. Respuestas que busquen más unir, más hermanarnos, y menos generar bandos, haciendo oídos sordos al relato de vida del otro, diferente a mí.

Mili Raffa
Fuentes: Misiones Online e Infobae

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