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Cuando la gente quiere celebrar algo importante se prepara con mucha antelación (…) El que desea algo mucho tiempo lo anticipa y se prepara.

La Pascua es una fiesta que contiene tantas cosas. Y por eso tenemos estas semanas previas para prepararnos.

La penitencia, es saber mirar hacia dentro y ser conscientes de que hay bastantes cosas en nuestra vida que necesitan ser convertidas, transformadas.

Saber que, entre el orgullo de creer que se puede ser perfecto, y la necedad de aceptar que todo vale, cabe un camino intermedio: saberse frágil, pero al tiempo desear luchar. Saberse pecador, y sin embargo desear una y otra vez construir el reino y combatir el mal que hacemos, con palabras, silencios, críticas. Y tener el valor de mirarse en un espejo interior, y pedir perdón por lo que se haya hecho mal. Pedir perdón con el compromiso de cambiar (o intentarlo).

Pedir perdón, porque sólo quien se siente reconciliado es capaz de acoger la limitación propia y ajena. Pedir perdón, porque no todo vale, y porque demasiadas cruces en nuestro mundo tienen que ver con la ceguera para percibir el mal.

Antes se hablaba mucho del ayuno y la abstinencia. Que no se coma carne los viernes, dicen unos. Y parece que hay que perderse en esa discusión un poco absurda a estas alturas.

Tal vez la cuestión es recordar que, en este mundo que nos invita a una satisfacción constante de todo: “lo que te apetezca”, “ya”, “para ti”, “disfruta”, “goza”, “diviértete”,“ten todo, aspira a todo, consigue todo”, cabe un punto de austeridad y a veces viene bien hacernos conscientes de los límites. Es importante asumir que esa aspiración a todo sólo nos conduce a espirales de insatisfacción. Se trata de detenerse y, a través de pequeñas renuncias, o de algo que para uno sea significativo, encontrar el valor de la austeridad, o del sacrificio, o del compromiso con lo que a veces tiene de carga… más que nada para ser conscientes de que, también desde ahí se construye el reino, o, más exactamente, que el criterio último en la vida no es “me gusta, me satisface, me llena”.

La oración es buscar una forma de dirigirte personalmente a Dios, y tal vez, con un poco de suerte, escuchar. No se trata de aspirar a místicas sublimes, sino de hacer consciente a Dios.

Se trata de buscar espacios en los que dirigirnos a El, desde el silencio, como un “Tú”. Hay quien lo hace desde oraciones ya hechas, mientras otros buscan palabras propias. Hay quien le habla de su vida; quien pide, quien ofrece, quien pregunta, quien agradece… A veces te apoyas en textos, y esos textos te pueden resonar de modo distinto, y tal vez ahí percibes que Dios te toca de un modo distinto. La oración no es una condena ni una obligación, sino aprender a hablar a Dios en segunda persona, y a sentir que, con El, uno no está solo.

PastoralSJ

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