Alma de Cristo

Tal vez te sientas mediocre, sin ánimos, estancado o generoso ante las distintas experiencias de la vida. Para eso te ayudará decir «Alma de Cristo, santificame».

Tal vez experimentas el cuerpo como un estorbo o sientes la falta de fuerzas para emprender este camino o lo ves con falta de armonia y paz o de auto-aceptacion. Di entonces, «Cuerpo de Cristo, sálvame».

Tal vez te sientes tibio, perezoso, demasiado calculador y hasta algo escéptico ante la experiencia. Como que el talente de tu vida es que no apuestas por nada, nada te apasiona. Di entonces «Sangre de Cristo, embriágame».

Posiblemente sientas el peso de tu pecado, tus faltas, tus errores, tus repetidas caídas, hábitos que te condicionan e impiden crecee. Hasta tal vez te sientes sucio, manchado desde los orígenes de tu pasado. Necesitas purificarte antes de entrar en este templo de encuentro con Dios y por eso te ayudará decir «Agua del costado de Cristo, lávame».

A lo mejor los tuyos son problemas de dolor. Hay algo en el alma que te duele desde hace algún tiempo y te impide caminar. Tal vez algún acontecimiento hondo del pasado o reciente. Sientes a lo mejor angustia, ansiedad o hasta desesperación. Encomiéndate al Crucificado diciendo «Pasión de Cristo, confórtame».

Quizá lo que más te preocuopa es que estas ante una experiencia nueva de encuentro con Dios y sientes que vives en una etapa de gran sequedad y vacío en el que no te es fácil oir al Señor. Hasta llegas a dudar que Dios escucha y oye tu oración. Pídele entonces «Oh mi buen Jesús, óyeme».

Por el ritmo de las ocupaciones, uno cae en la superficialidad, uno hace y hace cosas, pero le falta profundidad, hondura en la oración y en la vida. Por eso es bueno recitar con Ignacio «Dentro de tus llagas escóndeme».

Tal vez sientes que estas lejos de Dios, que tu corazón esta dividido, partido, y se te ha enfriado el amor primero hacia Jesús. Dile «No permitas que me aparte de Ti». 

En el fondo de muchos hombres existe el miedo y la angustia hasta llegar a producir la ansiedad. Es miedo al rechazo, a la falta de amor, en definitiva a la muerte. Puede incluso que te sientas acosado por ese miedo. Como ya sabes en la vida del espíritu también somos atacados por el malo. Hoy que se habla tanto del demonio, para ganar en confianza, tal vez te ayude decir «del maligno enemigo, defiéndeme».

Y no te preocupes por el futuro, por lo que te espera. Dios te creó, te acompañara en estos días y en el resto de tu vida hasta el final. Trate de decir con fe, como si fuera el último día de tu vida en que lo dices: «En la hora de mi muerte, llámame y mándame ir a Ti, para que con tus santos te alabe por los siglos de los siglos. Amén».

Jesús Sariego, sj.
Adaptación

Oración para el comienzo de los ejercicios

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