Meditación del Reino

«Ayer decíamos que queríamos vivir, plenamente, valientemente, para siempre ¡Qué magnífico programa! Pero ¿Cómo? Vivir: Yo soy la Vida. ¿Rumbo? Yo soy el Camino y la Verdad.

Él llama. Vino a este mundo no para hacer una obra solo sino con nosotros, con todos nosotros. Todos estamos llamados a entregarse a Él; a ser sólo para Él; a hacerlo norma de su inteligencia, a considerarlo, en cada una de sus acciones, a seguirlo en sus empresas, más aún, ¡a hacer de su vida la empresa de Cristo! A hacer de su vida la empresa de Cristo. Para el marino su vida es el mar, para el soldado el ejército, para la enfermera el hospital, para el agricultor el campo, para el alma generosa, ¡su vida es la empresa de Cristo!

Así llamó a los Apóstoles: A Mateo que estaba junto a la mesa de los impuestos; a Pedro y Andrés junto a sus redes… Uno a uno de los Doce… A Ignacio que era un soldado carnal y lleno de gloria humana, en el sillón de convalecencia; a Javier chicoquín inteligente, social, simpático hambriento de fama, de gloria, por la voz de Ignacio, y lo convirtió, en el Divino Impaciente. (…) Esto es lo esencial del llamamiento de Cristo. ¿Quisieras consagrarme tu vida? Si Él te llamara ¿Qué harías? Quisiera que lo pensaras a fondo, porque esto es lo esencial de los ejercicios. Los ejercicios son un llamado a fondo a la generosidad. (…) En la casa de la Iglesia, la santidad, el apostolado, son la obra de la generosidad de los fieles, que si quieren dar pueden dar, y si quieren negar pueden negar; y al hacerlo no atropellan ningún derecho, no cometen ningún pecado, no merecen ningún reproche, porque están en su derecho. Los ejercicios no son para almas que quieran reclamar derechos y constituir defensa frente a Dios; son para almas que quieran subir, y mientras más arriba mejor; son para quienes han entendido qué significa Amar, y que el cristianismo es amor, que el mandamiento grande por excelencia es el del amor, y que la característica del amor es dar, darse, fusionarse, perderse, no dos, ¡uno en el que ama!

Eso es amor y a eso es a lo que aspiran las almas grandes que son las que construyen la Iglesia, las que la hacen vivir, ¡las que han tomado en serio su misión! La prueba de la fe es el amor, amor heroico, y el heroísmo no es obligatorio. El sacerdocio, las misiones, las obras de Caridad no son materia de obligaciones, de pecado, son absolutamente necesarias para la Iglesia y son obra de la generosidad. El día que no haya sacerdotes no habrá sacramentos y el sacerdocio no es obligatorio. El día que no haya misioneros, no avanzará la fe, y las misiones no son obligatorias. El día que no haya quienes cuiden a los leprosos, a los pobres… no habrá el testimonio distintivo de Cristo, y esas obras no son obligatorias… El día que no haya santos, no habrá Iglesia y la santidad no es obligatoria. ¡Qué grande es esta idea! ¡La Iglesia no vive del cumplimiento del deber, sino de la generosidad de sus fieles! ¡Qué grande es la confianza que Dios nos ha hecho al fiarse de nuestra nobleza, de nuestra generosidad y esperar que le respondamos!

Si Él te llamara, ¿qué le dirías? ¿En qué disposición estas? ¡Pide, ruega estar en la mejor! San Ignacio pide al que entra en ejercicios: ¡Grande ánimo y liberalidad para con Dios Nuestro Señor! ¡Querer afectarse y entregarse enteros! Invocación al Espíritu Santo ¡Se trata de algo tan grande! Oye a Jesús. Un llamado que se repite cada año, cada día, ¡y que a cada hora deberíamos ir a escuchar!

Señor si en este mundo del siglo XX, una generación comprendiese su misión y quisiera dar testimonio del Cristo en que cree, no sólo con gritos, sino en la ofrenda humilde, silenciosa de sus vidas, para hacerlo reinar por los caminos en que Cristo quiere reinar: en su pobreza, mansedumbre, humillación, en sus dolores, en su oración, ¡en su caridad humilde y abnegada!¡Si Cristo encontrara esa generación! Si Cristo encontrara uno… ¿querrás ser tú?

Es difícil, bien difícil. Hay que luchar contra las pasiones propias, que apetecen lo contrario de su programa ¡No estarán muertas de una vez para siempre, sino que habrán de ir muriendo cada día! Hay que luchar contra el ambiente: amigos, familia, mundo, atracciones. Sí, hay que luchar, pero allí estoy Yo.

Responder no por un día o un año, con jubilación: “Ya he hecho bastante, me retiro”. No, a firme, toda una vida: en humildad en el puesto que se me dé, no sólo en el brillo de las asambleas, sino en el secreto de la secretaría, en el puesto humilde del centro, pobre, humilde, con abnegación. Ahí en la Universidad, en la oficina, en la fábrica no sólo observando los mandamientos sino afectándome a vivir en otro estado: en plano de santidad por mi espíritu de oración.

¿Difícil? ¡Sí! El mundo no lo comprenderá. Se burlará. Dirá: ¡exageraciones! ¡Que se ha vuelto loco! De Jesús se dijo que estaba loco. ¿Difícil? ¡Sí! Pero aquí, sólo aquí, reside la vida.

San Alberto Hurtado, sj

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