Reflexión del Evangelio del Dominigo 02 de Junio (Pablo Michel, sj)

Evangelio según San Lucas 24, 46-53

Jesús dijo a sus discípulos: “Así está escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de todo esto. Y yo les enviaré lo que mi Padre les ha prometido. Permanezcan en la ciudad, hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de lo alto”. Después Jesús los llevó hasta las proximidades de Betania y, elevando sus manos, los bendijo. Mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo. Los discípulos, que se habían postrado delante de él, volvieron a Jerusalén con gran alegría, y permanecían continuamente en el Templo alabando a Dios.


Hoy Jesús Resucitado asciende al cielo y vuelve junto a su Padre, la fuente de todo. Podría parecer esto un motivo de tristeza para sus discípulos, pero no lo es. La escena que nos describe Lucas relata que ellos experimentan consolación y vuelven a Jerusalén llenos de alegría. Acaso porque Jesús les recuerda – con tres mensajes muy simples – el sentido pleno de sus vidas y su misión en este mundo.

En primer lugar, Jesús señalará a sus discípulos la importancia de hacer memoria de aquello que han experimentado en primera persona. Ustedes son testigos. Sabe Jesús con qué facilidad olvidamos quiénes somos, lo que hemos visto y oído, y todo el bien que se nos ha regalado. Hacer memoria de esto simplemente nos salva. La memoria es la sede privilegiada de amor que se ha dado por mí, hasta un extremo imposible. El Hijo se ha hecho hombre para salvarnos de la nada, para plenificar nuestra vida, para que tengamos vida en abundancia. Su vida fue una entrega sin reservas, y hasta las últimas consecuencias. Y su Padre lo resucitó de la muerte. Nosotros somos testigos de esto. Quizás esta sea nuestra identidad más profunda, la de ser testigos de un amor sin condiciones, la de ser testigos que el amor vence a la muerte.

Lo segundo que regala Jesús a sus discípulos es una promesa. “Mi Padre los revestirá con una fuerza que viene de lo alto”. Nunca más estarán solos. La presencia del Dios con nosotros se reconfigura. El Espíritu nos habitará y dará impulso a nuestra misión. Jesús sabe por su experiencia humana lo difícil que es para nosotros el ser fieles a lo que hemos experimentado. Sabe que somos demasiado frágiles y demasiado débiles para vivir de acuerdo a un amor tan grande. Será sólo poniendo nuestra confianza en la fuerza que se nos regala de lo alto, que podremos caminar con Jesús hacia el Padre.

Lo tercero y último es una bendición. Con mucho cariño Jesús levanta sus manos y bendice a sus amigos. Creemos en un Dios que nos bendice. Que quiere bondad para nuestra vida y que se ilusiona con que podamos amar como él nos ama. Es frente a un Dios así que nos postramos, como los discípulos. En este ida y vuelta se da algo de aquello que decía Ireneo de Lyon: “la gloria de Dios es que el hombre viva, y la vida del hombre es la visión de Dios…”

Pablo Michel, sj
Estudiante Teología

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