Reflexión del Evangelio del Domingo 06 de Mayo (Francisco Bettinelli, sj)

Evangelio según San Juan 15, 9-17

Durante la última Cena, Jesús dijo a sus discípulos: “Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he dicho esto para que mi gozo sea el de ustedes, y ese gozo sea perfecto. Este es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre. No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero. Así todo lo que pidan al Padre en mi Nombre, él se lo concederá. Lo que yo les mando es que se amen los unos a los otros”.


Hay experiencias que son comunes a seres humanos de distintas épocas, lugares y culturas, ¿quién que se haya sentado a mirar el mar alguna vez no se ha quedado absorto al menos por un minuto al contemplar su inmensidad, al sentir la brisa suave que le trae el olor de la sal, al percatarse de la tormenta de ayer que aún hoy retumba en las olas revoltosas? En la misma línea, ¿Quién no ha sentido en su vida las alegrías y los sinsabores que trae una amistad vivida de verdad? Con semejanzas o diferencias, la amistad es una experiencia fundamental que compartimos incluso con aquellos que pueden tener opiniones y formas de vida muy distintas a uno mismo. En el Evangelio de hoy, precisamente, se nos muestra que Jesús elige la imagen de la “amistad” para ilustrar aquella verdad tan fundamental de nuestra fe que se afirma en la segunda lectura: “Dios es amor”. Puede suceder que hayamos escuchado tantas veces estas tres palabras que nos suenen a cuento conocido. Quizá, entre los trastos viejos de nuestro corazón haya que desempolvarlas de tanta suciedad que los años le pueden haber ido depositando, para redescubrir en ellas la gran originalidad y novedad que Jesús nos reveló. Dios es amor, pero no un amor abstracto y lejano, sino que es un amor que tiene un rostro bien concreto, un amor que se nos enseña en la vida entregada de Jesús, un amor que se explica de un modo demasiado humano, por la amistad. Pero ¿qué amistad?

Jesús llega a la Última Cena con la certeza de que había dado en su vida todo lo que tenía para dar. “Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes”: toda la vida y obra de Jesús no fue otra cosa sino un transparentar un amor que no es de Él. Jesús no guardo nada para sí, da todo lo que recibe y se hace cercano dándose a conocer tal cual es. En ese contexto, es que les dice a sus discípulos, con quienes había compartido el día a día de sus últimos tres años, que no los llama servidores sino amigos. El Maestro se hace cercano en una amistad que no se cierra sobre sí misma, sino que es fundamentalmente entrega, incluso de la propia vida. Una amistad que se vive transparentando hacia fuera el amor recibido: “Ámense los unos a los otros, como Yo los he amado”.

Así nos adentramos entonces en uno de los misterios de lo que es este amor vivido por Jesús. Si el amor se cuida celosamente, se ahoga. Un amor que se vuelve un cálculo de pérdida y ganancia, que se reduce solo a una relación intimista que tiene miedo de correr el riesgo de ser contaminada, se vuelve estéril, se seca, muere sin dar vida. Por el contrario, un amor que se da, que se comparte, que se abre a lo desconocido, que se la juega y corre riesgos, que se vuelve vida entregada y comprometida, paradójicamente, no se pierde, sino que se multiplica, llega más lejos, abre nuevos horizontes. En la cruz, no nos encontramos con una entrega sin sentido, sino con la fecundidad de un amor dado hasta vaciarse, un amor que da Vida, que permanece, que da frutos. En Jesús de Nazaret, el amor de Dios se hace cercano, se hace amistad: amistad vivida hasta el extremo, gozada y sufrida, pero amistad al fin. Tan cercana, que no hay que buscarla en las alturas: nos llega por medio de personas concretas que vemos que aman como Él nos enseñó, hombres y mujeres, que en su vida nos dan testimonio de ese amor recibido.

Ojalá hoy podamos dar gracias y aprender de estas personas que son y han sido en nuestra vida testigos de lo que significa vivir un amor entregado, que nos enseñan a conocer la cercanía de ese amor que es amistad. Que desde esa cercanía de Dios podamos, como nos invita San Ignacio, hablar con Dios “como un amigo habla con otro amigo”. Ojalá que las palabras de Jesús nos inviten a abrir nuestros horizontes, a preguntarnos cuáles son aquellas periferias de nuestra vida que hoy reclaman que pongamos nuestro corazón y nuestras fuerzas para transparentar en ellas ese amor recibido que no es para guardarlo celosamente sino para compartirlo y que así pueda dar frutos.

Francisco Bettinelli, sj
Estudiante Teología

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