Lavarse las manos

«Al ver que no se llegaba a nada, sino que aumentaba el tumulto, Pilato hizo traer agua y se lavó las manos delante de la multitud, diciendo: «Yo soy inocente de esta sangre. Es asunto de ustedes»..» (Mt 27, 24)

“Lavarse las manos”
Cuando pienso en esta escena, lo primero que se me viene es la imagen de las manos abiertas, traspasadas, sangrantes de Jesús en la cruz.
¡Qué distintas las manos de uno y de otro! ¡Qué paradoja la de las manos de Pilato, aparentemente limpias, que se lavan en señal de inocencia, y las manos de Jesús, aparentemente sucias, que extendidas en cruz se clavan en señal de culpa!
Pareciera que estuviesen invertidos los roles, y sin embargo, cuánto de Misterio, cuánto del Amor siempre Mayor de Dios hay allí.

En este día quiero invitarnos a rezar con ellas, con las manos extendidas, traspasadas de Jesús por pura gratuidad, por puro Amor.
Te propongo que cerrando los ojos, puedas contemplar tantos gestos y acciones cotidianas que Jesús habrá hecho con sus manos: tocar, acariciar, partir el pan, lavar los pies, sanar, abrazar, indicar, trabajar la madera, sembrar, levantar, detener, ungir. Manos tiernas, sencillas, cercanas, comprometidas con el Amor y la Justicia.

Sus manos siguen presentes, actuantes hoy.
¿Qué manos guardás especialmente en tu corazón? ¿A través de quiénes Él te ha tocado a ti?
Dale las gracias por todas aquellas manos que han sido mediación de las Suyas en tu vida, porque te han sostenido, abrazado, ayudado, acariciado; porque te han enseñado a tenderlas, a involucrarte, a ser solidario.

Y tomado de las manos de Jesús, pedile la gracia de reconocer cuántas veces colectiva o personalmente “te las has lavado” al modo de Pilato.
También somos Pilato, y no reconocer que a veces (tal vez más seguido de lo que pensamos) “nos las lavamos”, es quedarnos encerrados en esa aparente inocencia, en ese “gesto externo” que termina siendo una especie de autoengaño, porque bien adentro de nosotros mismos sabemos que “nos las hemos lavado”. Por miedo, vergüenza, reconocimiento, poder, el qué dirán, el “no te metas”, por indiferencia, descreimiento, soberbia, orgullo; por la razón que sea, “nos las lavamos”.
Somos barro frágil, y ciertamente ante tantas situaciones cotidianas en nuestras familias, estudio, trabajo, grupos, en el colectivo o en el barrio, más que “abrirlas” las cerramos. “Cerrar” las manos es expresión de que nos las hemos lavado.

Jesús lo sabe, en eso, con eso y por eso ha elegido libre y gratuitamente, por puro Amor, extender sus manos lo que más desea es que su Misericordia nos alcance.
Si tendemos a cerrar nuestras manos ante el clamor de nuestras hermanas y hermanos, por más que las sumerjamos una y otra vez en agua no habrá cómo “limpiarlas”.
El agua pura, el agua viva, el agua que recrea y limpia es Él mismo por eso extendió Sus manos, por eso quiere que las “agarres”, para que Su Amor te tome entero y tus manos se transformen en manos libres como las de Él: “prestas y diligentes” para “hacerse cargo”, comprometerse y extenderse aunque en ello se nos vaya la vida.

Jimena O’Neill, rscj

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