La función del dolor

Todo el dolor del mundo llega a nosotros para que nos ablandemos, para que nos suavicemos, para que nos sensibilicemos, para que el orgullo y las máscaras de fortaleza se caigan como las hojas de otoño. El dolor no es una maldición, es una invitación a que seamos completamente lo que siempre fuimos en secreto.

Dejemos de rechazarlo por un instante, dejemos que nos inunde, dejemos que nos enseñe cuál es nuestra verdad. Estamos llamados a llenarnos de coraje para empoderarnos de toda la creatividad que brinda el cielo, la tierra y la magia que llega desde fuera de todo tiempo y lugar.

Soltemos por un momento la testarudez que usamos para defendernos. Por temor a la muerte, estamos muertos en vida. Por temor a la soledad, nos relacionamos solamente de manera asustadiza y superficial.

No hay seguridad más que la de confiar en nuestras entrañas, en nuestros impulsos primarios, en la aventura de estar vivos. Arriesguemos toda comodidad mundana por una vida auténtica, llena de pasión y novedad. Arriesguemos cualquier compañía física por tener relaciones íntimas de amistad, en las cuales podamos hablar con el corazón en la mano y en las cuales podamos ser ciento por ciento nosotros mismos: superficiales, profundos, brutalmente honestos.

La Vida siempre nos demandará que nos desnudemos, que confiemos, que nos arriesguemos. Por eso duele. Por amor. Para que vivamos nuestra verdad e inspiremos a otros a vivir la suya.

De lo único que podemos arrepentirnos en el lecho de muerte es de no habernos arriesgado.

Ignacio Asención

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