Reflexión del Evangelio del Domingo 8 de Mayo (Gustavo Monzón, sj)

Evangelio según San Lucas 24, 46 – 53.

Y añadió: «Así estaba escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de todo esto.»Y yo les enviaré lo que mi Padre les ha prometido. Permanezcan en la ciudad, hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de lo alto».

Después Jesús los llevó hasta las proximidades de Betania y, elevando sus manos, los bendijo. Mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo.

Los discípulos, que se habían postrado delante de él, volvieron a Jerusalén con gran alegría, y permanecían continuamente en el Templo alabando a Dios.

Este domingo, la Iglesia nos invita a celebrar la Ascensión del Señor. Esta fiesta, que corona el Misterio Pascual nos recuerda el final de la presencia física del Señor, que va visitando a los suyos de manera de fortalecerlos en la esperanza. Como nos dice el Evangelio, mediante el retorno al Padre, Jesús da cumplimiento de lo que está escrito que es promesa. En el camino del Señor los discípulos encuentran la promesa de plenitud y la promesa de fidelidad. Esta promesa no es defraudada, nos deja un espacio desde donde vivirla. El Señor con su Ascensión, inaugura un tiempo nuevo: el tiempo de la Iglesia. En ella, permanece Cristo por acción del Espíritu Santo. A través de ella, somos invitados a dejar de mirar al cielo para ver a Cristo actuando en la tierra. En la Iglesia, nos encontramos con la prolongación histórica del misterio de Cristo. En ella, a través de los Sacramentos, la Palabra y la Eucaristía nos hacemos uno con Cristo.

La Ascensión nos abre a un nuevo tiempo, sin embargo no es un tiempo definitivo. Esta fiesta nos invita a la esperanza. Con este misterio, somos invitados a creer que nuestra humanidad será transformada. Como dice San Pablo, Cristo está por encima de todo, el que lleva a cumplimiento nuestras posibilidades, anhelos y deseos. En Cristo, vemos que la muerte y sus derivados, no tienen la última palabra. Al final de los tiempos, estaremos en una humanidad plena y resucitada.

Con esta fiesta, recordamos que Cristo no es solaente un personaje bueno, sino que es el Señor de la historia, el Rey de cielo y tierra, el Hijo del Padre. Él, nos hace volver a nuestros Jerusalenes para que dejando de mirar al cielo, proclamemos con nuestra palabra y acción que está vivo en medio nuestro.

Gustavo Monzón, sj
Estudiante Teología

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