Reflexión del Evangelio del Domingo 31 de Julio (Julio Villavicencio, sj)

Evangelio según San Lucas 12, 13-21.

Uno de la multitud dijo al Señor: “Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia”.

Jesús le respondió: “Amigo, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre ustedes?”.

Después les dijo: “Cuídense de toda avaricia, porque aun en medio de la abundancia, la vida de un hombre no está asegurada por sus riquezas”.

Les dijo entonces una parábola: “Había un hombre rico, cuyas tierras habían producido mucho, y se preguntaba a sí mismo: “¿Qué voy a hacer? No tengo dónde guardar mi cosecha”. Después pensó: “Voy a hacer esto: demoleré mis graneros, construiré otros más grandes y amontonaré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida”. Pero Dios le dijo: “Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado?”. Esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí, y no es rico a los ojos de Dios”.

“Y dijo a la gente: Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes…”

El Evangelio del domingo nos invita a regresar sobre lo importante.

Cuento un caso que me paso no hace mucho con un habitante de la calle que tengo el honor de ser su amigo. Hacía muchos días que no lo veía, y un día reapareció. Charlamos un rato y realmente la había pasado muy mal. La vida en la calle es ciertamente muy dura, y uno está expuesto a toda clase de cosas. Entre lágrimas y abrazos él me dijo algo que me impactó, me comentó que estuvo varios días con la idea de suicidarse, de tirarse debajo del Transmilenio (transporte público de la ciudad de Bogotá). Ya sabía incluso en que lugar lo iba a hacer y todo. No se lo había contado a nadie porque no quería que lo detuvieran. No sé bien lo que pasó con él, pero algo pasó por su cabeza y tuvo que ver con una iglesia a dónde él pasaba para rezar. Algo en una de esas visitas le hizo sentir, pensar, creer, todo junto, que no podía perder la esperanza en Dios. “Hermano, no puedo perder la esperanza en Dios. Si yo que no tengo nada, de nada, pierdo la esperanza en Dios, no me queda nada”. Por dentro yo pensaba, ciertamente que si Carlos pierde la esperanza en Dios, no le queda absolutamente nada a qué agarrarse o aferrarse. Perdió a su familia, no tiene casa, la vida lo despojó de proyectos y el dolor le ha marcado con un vició con el cual tiene que lidiar todo los días de su vida. En verdad, si Carlos pierde su esperanza en Dios, ha perdido lo único que le quedaba, todo.

En el fondo, me quede pensando que esto es así para cualquiera de nosotros.

Todo lo que hemos construido depende de Dios. Ésta es la base, el horizonte y lo que nos envuelve. Al final de cuentas, aquello que Carlos había experimentado con un realismo brutal, es la verdad de todos nosotros. Si perdemos la esperanza en Dios, no nos queda nada. Pero tenemos una ceguera, esta tiene que ver con que nosotros no somos como Carlos. Tal vez tenemos un montón entre lo que tenemos y la esperanza en Dios. Tenemos casa, familia, amigos, dinero, proyectos. Tenemos tanto entre la vida que vivimos y aquel hilo que sostiene todo lo que somos, que tal vez perdemos esa conciencia. Y ahí es donde comenzamos a poner nuestra vida dependiendo de nuestros bienes, de aquellas cosas o personas que nos pertenecen o creemos que nos pertenecen. A veces creemos que no solo las cosas materiales nos pertenecen, también las personas. Entonces no nos despedimos de las personas cuando mueren, las perdemos (como si alguna vez hubieran sido nuestras). No animamos a los hijos a hacer sus caminos, los queremos siempre a nuestro lado. No aceptamos la ruptura en alguna relación que ya no iba más, sino que entendemos que hemos perdido a esa persona. Y así, nuestra vida está tan llena de “bienes” que nos hacen sentir bien, que creemos que ahí está puesta nuestra esperanza. Pienso que las personas en nuestra vida, y las cosas que vamos logrando y nos alegran el corazón son importantes, pero lo son porque nos transmiten la esperanza. La esperanza de que al final de todo, detrás de todo, está la esperanza de Dios. Y está ahí, en lo cotidiano, es lo que experimento en una caminata matinal hacia la universidad, es el sol cuando sale y me calienta las mejillas y recuerdo mi niñez en Mendoza. Es el abrazo de Carlos después de nuestra charla y su “gracias”. Son los mates compartidos con los compañeros jesuitas.

Finalmente, hoy día de San Ignacio, de esto se trata de recibir el amor y la gracia de Dios como lo único importante. Es experimentar esta presencia y sentir “esto me basta”. Es el mensaje que encontró Ignacio y nos transmitió. El peregrino sabía que detrás de todo, está la esperanza de Dios y se decidió a encontrarla. Su horizonte fue “Encontrar a Dios en todas las cosas” y es lo que aún hoy, los jesuitas y las personas que nos acompañan en nuestra espiritualidad intentamos hacer, y sin darnos cuenta, Dios nos encuentra a nosotros.

Que tengan un buen domingo y feliz día de San Ignacio.

Julio Villavicencio, sj
Estudiante Teología

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