Reflexión del Evangelio del Domingo 30 de Agosto (Rafael Stratta, sj)

Evangelio según San Marcos 6, 7-13.

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un grupo de fariseos con algunos escribas de Jerusalén, y vieron que algunos discípulos comían con manos impuras, es decir, sin lavarse las manos. (Los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores, y, al volver de la plaza, no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas.)

Según eso, los fariseos y los escribas preguntaron a Jesús: «¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen la tradición de los mayores?»

Él les contestó: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos.» Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres.»

Entonces llamó de nuevo a la gente y les dijo: «Escuchad y entended todos: Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro.»

Al leer el evangelio de este domingo creo que sería bueno hacer dos constataciones. Por un lado Jesús habla al corazón, habla del corazón, y se refiere al corazón de todos. Es verdad que al principio se enfrenta con los fariseos y los acusa de hipócritas, de caretas, que dicen jugar el partido pero no mojan la camiseta. Pero las palabras de Jesús no quedan en un puro reproche a los fariseos sino que el evangelio dice que “llama a la gente”, a todos, para hablarnos de lo que puede pasar con nuestro corazón.

Por otro lado, la segunda constatación es que Jesús reconoce la bondad de todo: lo bueno que es el mundo, lo bueno que son las cosas, lo bueno que somos. Pero en este reconocimiento Jesús no es ingenuo y demuestra conocer lo que es la libertad del hombre y la mujer: reconoce que somos buenos pero también sabe del mal que somos capaces. Y desde acá pronuncia sus palabras que quiere que se “entiendan bien”, como él mismo lo dice.

Con estas dos constataciones podemos decir que el mensaje del Evangelio de este domingo se despega un poco de cómo hay que hacerse las cosas, si lavar así tal copa, si hacer asá tal rito. El evangelio apunta a cómo nuestro corazón, que es bueno porque es de Dios y porque ahí él nos encuentra siempre, tiene el poder para cambiar las cosas: ya sea para hacerlas mejores, ya sea para meter la pata y dejar que se nos vaya muriendo de poco. ¡Ojo! El corazón para un judío de la época de Jesús significaba la vida entera, lo que nos hace vivir, afectos, deseos, amores y odios (esto es mucho más amplio que lo que entendemos hoy). En definitiva, en el relato está presente esa extraña relación entre nosotros y el mundo, las situaciones, las cosas.

San Ignacio de Loyola, entre otros, se preocupa de que estemos bien ubicados frente a los medios cuando de verdad queremos reconocernos frente a Dios, como pecadores perdonados, amados y llamados a conocer y seguir de cerca su Hijo. Y este estar ubicado frente a los medios no es otra cosa que pedirle a Dios que nos haga libres, “indiferentes” como dice él, para poder elegir siempre lo que nos acerque a Dios y acerque a otros.

Pero hay un problema: ¿existe de verdad un corazón bueno, bueno en estado puro? Creo que sólo el de Dios. Nosotros somos creados buenos pero libres, y en nuestras opciones –Jesús lo sabe muy bien- se mezcla la gracia de Dios con el pecado, lo que sabemos hacer bien con el daño que podemos causar a otros. Podríamos decir que somos como el agua que arrastra diferentes cosas consigo: sólo cuando se aquieta y puede decantar, nos enteramos cómo es, que tiene, y de hecho podemos “tratarla” para que sea más potable.

Y acá llegamos a una invitación con la que nos podemos quedar este domingo: para ver cómo estamos frente a los medios que nos rodean, para ver cómo estamos frente a la propuesta de vida y plenitud que se nos propone desde el Evangelio, es muy pero muy importante reconocer lo que nos habita, lo que tenemos en el corazón y que puede salir de nosotros. Tenemos que decantar nuestro día a día, asomarnos a la profundidad. Ya escuchamos miles de veces que los jóvenes de hoy se aturden de música, se llenan de imágenes, etc., etc. Y es verdad. Pero creo que nadie pierde nunca la capacidad de ir más profundo si es que lo desea. Las palabras de Jesús nos quieren poner frente a nuestro corazón para que de verdad lo miremos y nos animemos a reconocer lo que da vida y lo que mata un poco, para poder pedir ayuda y dejar que nos acompañen.

Rafael Stratta, sj
Estudiante Teología

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