Reflexión del Evangelio del Domingo 24 de Septiembre (Maximiliano Koch, sj)

Evangelio según San Mateo 19, 30-20, 16

Jesús dijo a sus discípulos: “Muchos de los primeros serán los últimos, y muchos de los últimos serán los primeros, porque el Reino de los Cielos se parece a un propietario que salió muy de madrugada a contratar obreros para trabajar en su viña. Trató con ellos un denario por día y los envió a su viña. Volvió a salir a media mañana y, al ver a otros desocupados en la plaza, les dijo: ‘Vayan ustedes también a mi viña y les pagaré lo que sea justo’. Y ellos fueron. Volvió a salir al mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Al caer la tarde salió de nuevo y, encontrando todavía a otros, les dijo: ‘¿Cómo se han quedado todo el día aquí, sin hacer nada?’. Ellos les respondieron: ‘Nadie nos ha contratado’. Entonces les dijo: ‘Vayan también ustedes a mi viña’. Al terminar el día, el propietario llamó a su mayordomo y le dijo: ‘Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando por los últimos y terminando por los primeros’. Fueron entonces los que habían llegado al caer la tarde y recibieron cada uno un denario. Llegaron después los primeros, creyendo que iban a recibir algo más, pero recibieron igualmente un denario. Y al recibirlo, protestaban contra el propietario, diciendo: ‘Estos últimos trabajaron nada más que una hora, y tú les das lo mismo que a nosotros, que hemos soportado el peso del trabajo y el calor durante toda la jornada’. El propietario respondió a uno de ellos: ‘Amigo, no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado en un denario? Toma lo que es tuyo y vete. Quiero dar a este que llega último lo mismo que a ti. ¿O no tengo derecho a disponer de mis bienes como me parece? ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?’. Así, los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos”.


Para los judíos del tiempo de Jesús, no cualquiera podía ser considerado “amigo”. Esa palabra –tan vanalizada y mal utilizada en nuestros días- implicaba un compromiso personal. En efecto, los “amigos” tenían un vínculo tan estrecho que podían sentarse a la mesa del dueño de casa y compartir los espacios reservados para los familiares. Los “amigos” compartían los sueños, los proyectos, los deseos y la suerte, de tal modo que si uno de ellos tenía alguna dificultad económica, el otro se sentía con el deber de auxiliarle, aún a riesgo de poner en peligro su propia existencia.

Por eso, es curioso que ante el juicio que algunos de los jornaleros hacen acerca del modo de actuar del dueño de la viña, éste les llame “amigos”. Porque parece que entre ellos se abre un abismo, comprendiendo la realidad de modo casi irreconciliable. Unos sólo pueden comprender la vida, las relaciones, la realidad a través de los méritos que se realizan. El otro, por el contrario, no se preocupa por estas cosas, sino que se acerca a los desocupados, habla con ellos y los invita a sumarse a su trabajo. No piensa en su propio provecho y necesidad, sino en la de aquéllos hombres que han pasado el día esperando que alguien les contrate.

O quizá no sea curioso. Porque los hombres miramos al mundo tal como aquéllos jornaleros que han trabajado todo el día. Aprendemos, desde pequeños, que debemos realizar ciertas tareas y comportarnos de determinada manera si queremos progresar en la vida. El esfuerzo, tarde o temprano, será recompensado, por lo que debemos trabajar constantemente para que los resultados sean reconocidos por la sociedad, por nuestros jefes, por nuestros semejantes.

Este modo de actuar exige, por lo tanto, un viñador que juzgue con criterios severos y reglas claras. Pero el dueño, en esta parábola, nos desconcierta e incomoda al mostrarse  capaz de mirar el mundo de una forma muy distinta, con ojos que se posan sobre personas y no sobre trabajos.

Por eso, esta lectura constituye, sobre todo, una invitación para ser amigos del dueño de la viña, adentrarnos en su casa, sentarnos en su mesa y desear compartir su modo de ver el mundo. Hacer que sus deseos sean los míos y su suerte la mía. Y, de este modo, salir con él a aproximarnos a la realidad de necesidades, angustias, dolores y hambre que la gente carga a sus espaldas.

Sólo si nos hacemos parte de este sueño y proyecto del dueño de la viña, podremos dejar de lado nuestros prejuicios y juicios acerca de nuestro entorno. Dejaremos de pedir un juez que intervenga sobre la historia para condenar a los injustos y podremos ensuciar nuestras manos construyendo casas más amplias, con comedores más amplios, donde quepa más gente en la mesa y otros más sean considerados “amigos”.

La invitación que el Padre nos hace está delante nuestro. ¿Queremos sentarnos a su mesa?

Maximiliano Koch, sj
Estudiante Teología

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