Reflexión del Evangelio del Domingo 15 de Abril (Ignacio Puiggari, sj)

Evangelio según San Lucas 24, 35-48

Los discípulos, que retornaron de Emaús a Jerusalén, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. Todavía estaban hablando de esto, cuando Jesús se apareció en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Atónitos y llenos de temor, creían ver un espíritu, pero Jesús les preguntó: “¿Por qué están turbados y se les presentan esas dudas? Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean. Un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que yo tengo”. Y diciendo esto, les mostró sus manos y sus pies. Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer. Pero Jesús les preguntó: “¿Tienen aquí algo para comer?”. Ellos le presentaron un trozo de pescado asado; él lo tomó y lo comió delante de todos. Después les dijo: “Cuando todavía estaba con ustedes, yo les decía: Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos”. Entonces les abrió la inteligencia para que pudieran comprender las Escrituras, y añadió: “Así estaba escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de todo esto”.


En el evangelio de este domingo, con ocasión del retorno de unos discípulos, Jesús resucitado se vuelve a aparecer a los suyos. Es cierto que una vasta tradición nos ha permitido tener noticia de este suceso; sin embargo, ello no nos saca la legítima necesidad de volver a preguntarnos por el ser de esta persona resucitada, ¿quién es, en efecto, Jesús resucitado? Preguntar por él significa desear su presencia, esto es, querer también nosotros mirar su rostro y tocar sus llagas, compartir con él el afecto, las palabras, el trabajo y la comida. Hay un tiempo en que los mensajeros del resucitado no nos bastan y queremos que él mismo se nos muestre. Es como si detrás del deseo de presencia se escondiese la pregunta: ¿es verdad que, así como lo dicen, me amás también a mí? ¿Es cierto que también me buscas y amas? Venían de regreso los mensajeros del resucitado, pero irrumpió el resucitado mismo y los encontró. Leyendo su experiencia acaso podamos reconocer cuándo, en efecto, fuimos alcanzados por el Cristo vivo y su Espíritu. Eso nos convertiría en testigos privilegiados de su amor, también portadores de una belleza que nuestro corazón pide predicar.

En primer lugar el encuentro con Jesús provoca un revuelo de sentimientos notable: se entreveran el temor y la paz, la duda y la alegría admirada, la confusión y la claridad. Hemos de retornar entonces a la Jerusalén de nuestros afectos, aun cuando nos sea más fácil el ocuparnos de muchas cosas y no pensar. El corazón es un espacio en el que no somos hacedores de nada, sino pasivos receptores de resonancias. Jesús presente marca la diferencia y nos enseña a distinguir: una cosa es la paz y otra el miedo. Los caminos que perfilan uno y otro afecto también son distintos: ¿a qué rumbos de lejanas evasiones nos arrojan el miedo y la confusión? ¿Qué decisiones de sabiduría y entrega nos anuncian la paz y la alegría serena? De Emaús volvemos a Jerusalén para reencontrarnos con el Resucitado y dejar que él nos envíe. En el centro del corazón habitan además nuestras necesidades más profundas. Además de desear su presencia y querer compartir con él, los discípulos necesitaban saber qué les tocaba en suerte para el futuro. Sin duda, también nosotros podemos adentrarnos y escuchar esa necesidad de futuro y sentido; tocando ese deseo, sus llagas y los afectos que nos suscita, acaso también descubramos la huella del Espíritu del Señor. Porque en ese deseo late la posibilidad de transmitir un testimonio que es sólo posible para cada uno; un destino cuyos dones la comunidad podrá disfrutar sólo si de modo insustituible esa persona lo encuentra y lo entrega. Pidámosle a María compartir este camino de búsquedas y encuentros, ayudándonos a discernir el modo hacia la mayor fidelidad con el Señor que habita resucitado en medio de la historia.

Ignacio Puiggari, sj
Estudiante Teología

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