Reflexión del Evangelio del Domingo 14 de Mayo (Ignacio Puiggari, sj)

Evangelio según San Juan 14, 1-12

Durante la Última Cena, Jesús dijo a sus discípulos: “No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí. En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, ¿les habría dicho a ustedes que voy a prepararles un lugar? Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes. Ya conocen el camino del lugar adonde voy”. Tomás le dijo: “Señor, no sabemos a dónde vas. ¿Cómo vamos a conocer el camino?”. Jesús le respondió: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto”. Felipe le dijo: “Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta”. Jesús le respondió: “Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen? El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo dices: ‘Muéstranos al Padre’? ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras. Créanme: Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Créanlo, al menos, por las obras. Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre”.


Jesús dice de sí mismo que es el camino, la verdad y la vida. Todos nosotros tenemos experiencia de caminos.

Allá en la gran capital del sur, en Buenos Aires, sabemos que estos suelen ser el escenario de grotescos embotellamientos que sacan las palabras menos felices y los peores humores. Más arriba por el Paraná, en Santa Fe las calles sucumben por sus baches y socavones; y hacia el este en Córdoba, por los hinchas de Talleres o de Belgrano cuando ganan algún partido de copa. Del Boquerón sabemos también cómo el barro impide el acceso de la gente, y aquí en Santiago de Chile cómo algunos arreglos parecen interminables

¿Será que en nuestra vida contamos con algo de barro y de baches, embotellamientos y arreglos que parecen nunca acabar?

A veces nos enfangamos mal y caemos en deshonra e indignidad. Alguien, sin embargo, condesciende y con su mano tendida nos abre un camino de paz y de gozo. Es ahí cuando el camino se vuelve encrucijada: ¿acaso debemos seguir el camino del engaño y de la esterilidad? Es cierto, se trata del camino conocido y seguro, pero ¿por qué no dejar sentir al corazón esta senda sin demoras hacia la verdad y la vida? ¿Qué haremos con esta vida finita y limitada sino entregarla y dejarnos llevar por el camino de una belleza diferente? ¿Cuánto podemos fecundar nosotros solos, enfangados y sin Dios? Y el Padre resuena como una certeza cordial que nos anima y seduce para tomar la vía del Hijo.

El camino de la osadía no tiene baches ni deshonra. Es sencillo, sí. Como el pan y como el vino. Como la delicadeza de un juicio que salva o la alegría de una gratitud especial. En esta condescendencia del Padre y del Hijo ocurre el milagro de cuántos caminos abiertos configuran el pulso de una humanidad renovada. Las fantasías del engaño son numerosas, pero el Señor nos ofrece mucho y buscará impactarnos con su amor. Basta que estemos algo atentos y con algunas pocas referencias podamos descifrar la belleza que significa sentirse amado –recibido, mirado, requerido, cuidado, sanado, escuchado-. El eco de nuestro amor brotará entonces por sí solo como el esfuerzo físico de la rosa cuando florece porque florece.

Pidámosle al Señor esta atención y estas referencias junto a la gracia de su impacto y su amor.

Ignacio Puiggari, sj
Estudiante Teología

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