Reflexión del Evangelio del Domingo 13 de Noviembre (Maximiliano Koch, sj)

Evangelio según San Lucas 21, 5-19

Como algunos, hablando del templo, decían que estaba adornado con hermosas piedras y ofrendas votivas, Jesús dijo: “De todo lo que ustedes contemplan, un día no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido”. Ellos le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo tendrá lugar esto y cuál será la señal de que va a suceder?”. Jesús respondió: “Tengan cuidado, no se dejen engañar, porque muchos se presentarán en mi nombre diciendo: ‘Soy yo’, y también: ‘El tiempo está cerca’. No los sigan. Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones, no se alarmen; es necesario que esto ocurra antes, pero no llegará tan pronto el fin”. Después les dijo: “Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes terremotos; peste y hambre en muchas partes; se verán también fenómenos aterradores y grandes señales en el cielo. Pero antes de todo eso, los detendrán, los perseguirán, los entregarán a las sinagogas y serán encarcelados; los llevarán ante reyes y gobernadores a causa de mi nombre, y esto les sucederá para que puedan dar testimonio de mí. Tengan bien presente que no deberán preparar su defensa, porque yo mismo les daré una elocuencia y una sabiduría que ninguno de sus adversarios podrá resistir ni contradecir. Serán entregados hasta por sus propios padres y hermanos, por sus parientes y amigos; y a muchos de ustedes los matarán. Serán odiados por todos a causa de mi nombre. Pero ni siquiera un cabello se les caerá de la cabeza. Gracias a la constancia salvarán sus vidas”.


En este domingo, al acercarnos al Adviento de Navidad, la liturgia nos presenta un texto difícil por su contenido apocalíptico. Para entender el mensaje, conviene tener presente que Lucas escribió su Evangelio mucho tiempo después de la muerte y resurrección del Señor y en un tiempo difícil para las comunidades cristianas. En efecto, estos grupos estaban siendo perseguidos por romanos y judíos y eran expulsados de las sinagogas. Muchos de ellos morían o, para salvar su vida, renunciaban a su fe. En aquellos momentos, seguramente la comunidad recordó palabras de Jesús en las que se anunciaban tiempos difíciles y que luego fueron recogidas en este texto, intentando explicar a los primeros cristianos que el camino del seguimiento no sería fácil.

Y no es fácil tampoco ahora. En diferentes partes del mundo, cristianos están siendo perseguidos, asesinados, deportados, silenciados por el simple hecho de querer vivir bajo las leyes del amor y la misericordia. Leyes que son traicionadas también dentro de la Iglesia y en nuestro entorno, cuando ponemos perspectivas, intereses, ideologías personales por encima del mensaje que aquéllos primeros cristianos quisieron custodiar con su vida.

Sí… tampoco ahora es fácil ser cristiano. Y probablemente tampoco será fácil mañana. Porque debemos reconocer que aún no sabemos amar generosamente y confiar en su poder transformador. Porque tememos ser remansos de agua mansa donde otros puedan beber. Porque no confiamos en los demás. Porque no creemos que, en el gesto de ensuciar nuestras manos para levantar al herido, se esconda una felicidad plena. Y así, la indiferencia se abre paso, evitando que el sueño de Dios se haga visible en nuestro entorno.

Debemos reconocer que hoy, al igual que ocurrió con los primeros cristianos, nuestras respuestas son limitadas y equivocamos nuestro camino. Y debemos reconocer que nuestros propios medios no bastan para atender a una realidad dolorosa en la cual nuestros hermanos sufren los efectos de la droga, del hambre, de la soledad, de la violencia. Aunque nos cueste reconocerlo, necesitamos del Padre y de sus cuidados. Necesitamos volver a su casa para participar en la fiesta que se nos ofrece (Lc 15, 11-32).

El Padre conoce nuestra fragilidad, nuestro pecado, nuestra impotencia. Y, sin embargo, ha querido darnos el Reino no por méritos propios, sino porque somos sus hijos amados (cf. Lc 12, 32). Y nos invitará a amar, a salir de nosotros mismos para atender las heridas de nuestros hermanos, como si en este gesto se jugase nuestra identidad más profunda (Lc 10, 25-37).

Acercándonos al Adviento de Navidad, quizá sea tiempo de reconocer que nuestros esfuerzos no han sido suficientes para encontrar lo que deseábamos. Quizá sea tiempo de tomar conciencia de lo que pasa a nuestro alrededor. Y después de reconocernos humanos necesitados, emprendamos el camino que nos lleve a la casa del Padre, donde la fiesta está preparada.

Maximiliano Koch, sj
Estudiante Teología

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