Reflexión del Evangelio del Domingo 1 de Noviembre (Marcos Muiño, sj)

Evangelio según San Mateo 4, 25 – 5,12.

Seguían a Jesús grandes multitudes, que llegaban de Galilea, de la Decápolis, de Jerusalén, de Judea y de la Transjordania. Al ver la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a él. Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo: “Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos. Felices los afligidos, porque serán consolados. Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia. Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia. Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios. Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios. Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos. Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí. Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron”.

Hace unos días estaba conversando con un estudiante de la universidad cuando me preguntó si realmente era posible ser santo. Quedé medio perplejo. Uno no se espera escuchar la frase “ser santo” en los patios de la universidad cotidianamente, más que ver una estampita o por el nombre de santo de algún lugar, calle o institución. Seguimos nuestra conversa y le pregunté en qué cosas estaba pegado su corazón últimamente y me dijo que estaba muy metido en un movimiento de universitarios que buscaba trabajar en educación no formal para niños con acceso a una mala calidad de las escuelas. “Mi corazón se rompe cuando veo que hay gente como yo que no pueden estudiar bien y con oportunidades”, me decía. A propósito de esta inquietud comenzamos a hablar de San Alberto Hurtado, – justo en esos días había sido la conmemoración de los diez años de su canonización- , y recordamos cómo había sido este gran hombre, sus luchas por los niños de la calle, por los trabajadores y por los jóvenes. Y caímos en la cuenta que una sola cosa resumía nuestra conversa sobre este santo y era la pasión, una “terca pasión” por hacer el mundo más vivible.

En el Evangelio de este domingo, Jesús nos pone de cara a un gran programa de vida para todos aquellos que quieren vivir con un corazón insistente y apasionado por los demás. Jesús mismo vivió estas Bienaventuranzas como hoja de ruta de su misión y entrega. Es un programa que nos exige y desafía. Tres cosas, creo que transforman nuestro corazón en un corazón “terco” y apasionado por querer cambiar las cosas y hacerlas más precedidas la Reino: la CONFIANZA, la MISERICORDIA, y SED de JUSTICIA y PAZ.

Si queremos ser “tercos» y apasionados con alma de pobre tenemos que confiar en que Jesús camina con nosotros. No podemos solos. No somos superhéroes. Necesitamos pedir ayuda. Con otros la vida avanza, de lo contrario seremos unos cristianos ombligomaníacos con buena voluntad.

Un corazón “terco” y apasionado le hace caso a sus entrañas cuando se estremecen por el sufrimiento del otro. Cuando ve división, cuando se discrimina, cuando se excluye, cuando alguien llora. Un corazón misericordioso sabe dar y darse nuevas oportunidades. Sabe que no todo es perfecto, pero está convencido que Dios ni la vida se cansan de perdonar.

Un corazón “terco” y apasionado es un corazón sediento, inquieto. No descansa hasta hacer lo posible por construir un pedazo de la realidad más justo y humano. Es un corazón que hace lo posible para que la paz se haga realidad en aquellos lugares más oscuros. Si algún día nos desaparece esta sed de justicia y paz, no mereceríamos llamarnos Cristianos. Un Cristiano sin sed por hacer un mundo más vivible, no tiene sentido.

Hoy Jesús, al igual que con Alberto Hurtado, apuesta por nosotros para realizar su misión. Cuenta con nosotros. Y para ello nos da el mapa. Pero si no somos tercos y apasionados no podremos embarcarnos. Si Jesús confía en nosotros es porque algo de terquedad y pasión queda por explotar. Muchos hombres y mujeres, santos y santas, fueron tercos y no paraban hasta conseguir lo que buscaban. Eran movidos por una gran pasión, estaban encendidos. ¿Dónde tengo puestas mis terquedades y mi pasión?. Jesús quiere hacer mucho con esas terquedades porque sabe que es la única manera de trabajar por la justicia, ser misericordiosos donde se hace más difícil y aliviar el dolor del que sufre. Detrás de esto hay felicidad y Jesús lo prometió.

Pidamos la gracia, en este día de todos los santos y santas, para ser tercos y apasionados por el Reino, y para confiar alegremente en que lo demás vendrá por añadidura.

Marcos Muiño, sj
Estudiante Teología

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