¿Qué nos dice la vida de Ignacio hasta Pamplona?

En esta semana previa, en la cual nos preparamos a celebrar la festividad de San Ignacio de Loyola puede ser bueno repasar algunos de los hitos de su vida ya de esta forma motivarnos en nuestro caminar en el seguimiento del Señor. En el día de hoy nos centraremos en sus vivencias hasta Pamplona. Siguiendo la Autobiografía vemos que “hasta los veintiséis años fue dado a las vanidades del Mundo”, esta frase nos deja un silencio sobre que pasó antes. Mediante esta ausencia se muestra lo fundante y determinante que fue su conversión, la cual lo hizo dar un paso radical en su seguimiento pasando a orientar su vida en una dinámica de un servicio hacia un fin mayor. Esta experiencia no se da en Ignacio como un meteorito, no nace de la nada, sino que, como toda realidad salvífica, se da en una experiencia de profunda encarnación, que es el modo que tiene Dios de comunicarse con los seres humanos. En ese sentido, el Ignacio antes de la bala de cañón era un hombre de su tiempo y de su espacio. Así fue capaz de tener fuertes experiencias humanas, que fueron el terreno fértil en el cual cayó la semilla de la conversión. Esta tierra de su biografía es la condición de posibilidad en donde se fraguan, por una parte, una capacidad de tener grandes deseos; por la otra,una fuerte voluntad de ponerlos en práctica. De esta “vida oculta” podemos sacar cuatro rasgos que moldean la personalidad de Ignacio; ser hijo, ser hermano, ser ciudadano y ser servidor. Estos son el canal para que se manifieste en él el llamado hacia la gloria de Dios.

En primer lugar, Ignacio fue un hijo de la familia de Loyola. La misma era una familia que tenía una tradición y un horizonte. En su legado había una historia con sus luces y con sus sombras, de la cual Ignacio era parte. Con este aprendizaje, Ignacio pudo ser hijo de una Iglesia que era contradictoria. A la misma, pudo amarla como madre, permanecer fiel a ella y ser capaz de aportar todo su esfuerzo para reformarla desde el amor y el sentido de pertenencia.

En segundo lugar, Ignacio fue hermano formando parte de una fraternidad mayor. Aprendió a compartir con otros sus deseos, anhelos y esperanzas. Así fue capaz de aceptar lo diferentes caminos que tuvieron sus hermanos, sabiendo que cada cual se hacía responsable de un llamado y vocación recibida. Esta capacidad le permitió ser un hermano mayor que animaba a sus hermanos jesuitas, en la primera Compañía, a que recorrieran distintos caminos y lo hagan de un manera digna al llamado recibido. Como hermano mayor, supo guiar y tener paciencia ante las novedades del Espíritu que se daban en ellos.

En tercer lugar, fue ciudadano que lo hizo estar atento a la localidad de Azpeitia y sus necesidades. Como buen hijo de su tierra fue consciente de que ser parte de una comunidad conlleva responsabilidades en alcanzar un bien mayor. A partir de esta cualidad pudo ser un ciudadano universal, es decir alguien atento a la acción de Dios en el mundo, como espacio de encarnación, en donde actúa el Espíritu para conseguir un fin mayor.

Por último, fue un servidor. De servir a un Rey temporal como un noble caballero que “pone toda su persona al trabajo” fue capaz de servir a un Rey eternal en un proyecto apasionante a su mayor gloria, del cual estamos invitados a formar parte como colaboradores en su servicio siendo buenos hijos, buenos hermanos y buenos ciudadanos de manera de hacer visible y palpable que Dios actúa en nuestro mundo.

Gustavo Monzón, sj
Estudiante Teología

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