Convalecencia y conversión en Loyola

La herida que sufrió en Pamplona fue un momento decisivo en la vida de Ignacio. Fue durante su larga y dolorosa convalecencia que empezó a sentirse interesado en el Señor y decidió que, en lugar de buscar la gloria de hazañas militares y el honor del mundo, se convertiría más bien en soldado del ejército celestial y trataría de lograr conquistas espirituales.

Y eso fue lo que hizo. Ignacio siempre había sido un joven apasionado y, tras su conversión, su naturaleza impetuosa encontró otro interés que le fascinó: la Persona de Jesús. Así pues, cuando se hubo recuperado lo suficiente para poder viajar, se dirigió a la ciudad de Montserrat, en la que hay un santuario dedicado a la Virgen María.

Muchas veces como Ignacio, los procesos de «curación» son procesos de encuentros con nuevas realidades, nuevas miradas, nuevas decisiones. El Encuentro con Dios se produce a través de «una herida», una ventana que nos anima a mirar nuestra vida desde otra óptica, nos limpia la mirada cegada por un mundo que siempre nos invita a cosas ilusorias, de cosas que nos nublan el entendimiento. La conversión de Ignacio tiene un proceso: el hombre de los grandes deseos y la construcción del hombre de Dios.

El hombre de Grandes deseos: el desafío de ser como San Francisco de Asís o como santo Domingo. La pregunta, se cuestiona sus «fuerzas» para seguir la invitación a hacer grandes cosas, si ellos pudieron, ¿por qué yo no?. Él interpreta la invitación de Dios como un desafío a sus fuerzas, sin embargo a lo largo del tiempo se da cuenta que la invitación de Dios no va por la «fuerza», sino más bien por el Mayor bien «A la Mayor Gloria de Dios».

La construcción del hombre de Dios: para ser hombre de Dios hay que conocer a Dios. Nadie ama lo que no conoce. Y por eso se pone en camino. Una vez que mi «herida» comienza a sanar, debo ponerme en movimiento, poner «las manos en la masa» y comenzar a construir esa nueva realidad, no nos podemos quedar quietos esperando que Dios nos cambie o nos construya la casa, debemos vivir y experimentar la construcción o para conocer el camino debo ponerme a peregrinar. Esto en Ignacio supone despojo y confianza, dos elementos sumamente necesarios en nuestra vida de hoy. Confiar en que esto es una invitación de Dios: hacerme cargo de «mis» cosas, de mis «problemas», de mis «conflictos» y creer mas en los dones que Dios me regala, despojarme de aquellas cosas que no me dejan libre, que me esclavizan: esas máscaras o armaduras que no me reflejan la verdadera persona que soy.

La herida, la convalecencia son momentos de espera, de paciencia y de reflexión, son un momento propicio para prestar atención a las invitaciones que recibimos a diario, tener paciencia al proceso de «sanar» y no hacerlo con rapidez o con magia. Es momento de pedir a Dios: claridad, en los nubarrones, para encontrar el camino a transitar y así ser: Hombres y Mujeres de Dios. Ser Hombres y Mujeres para los demás.

Nestor Manzur, sj

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