La solidaridad es ver con el corazón

El papa Benedicto tenía una definición muy linda de la solidaridad. Decía que es una invitación, es ver con el corazón. No es un sentimiento de vaga compasión a los males de las personas cercanas o lejanas; al contrario, la solidaridad es la determinación firme y perseverante de empeñarnos por el bien común. Y es que la solidaridad es la experiencia que une radicalmente a la persona con la comunidad y viceversa.

Algunos tienen la tentación de pensar que la solidaridad se reduce solo a lo religioso, cuando en realidad es una raíz esencial de la persona y de la comunidad humana. Es algo que el hombre lleva en sí mismo, es el vínculo esencial que une a cada hombre con los demás.

Se dice que de todos los crímenes que se cometen, el más grave es el desinterés, la “desfraternidad” en que a veces vivimos. A veces, ante el dolor nos lamentamos, elaboramos teorías; pero, en definitiva, el desafío es bajar al dolor, estar junto al dolor, ponerse en el sitio del dolor.

Para un mundo mejor hay que contribuir ahora, haciendo el bien y en primera persona, con verdadera pasión y allí donde sea posible. Este es el desafío para nosotros: que tenemos la obligación vital, y con calidad de imperativo, de ser solidarios en el llano sentido en que debe entenderse a la solidaridad: un gesto austero, silencioso y siempre a favor de quienes arrastran más pesares que esperanzas. Pero además, tenemos la obligación cívica con los marginados y sufrientes, un compromiso que debiera ratificarse cada mañana, hacer un ejercicio diario en clave de sensibilidad, que nos duela un poco el dolor de los otros y que obremos en consecuencia.

Si bien somos conscientes de que hay realidades que no dependen de nosotros, que no podemos manejar, porque superan nuestras posibilidades (cuestiones de macroeconomía, políticas internacionales, juegos de los poderosos), en el escenario más humano, en el contexto de la vida cotidiana algo podemos hacer bajo la bandera de la solidaridad para apagar alguna lágrima, para mitigar una herida, para acompañar alguna soledad, para satisfacer algún vacío en el alma o en el vientre. Debemos salir del círculo perverso del goce individual, de esa práctica egocéntrica tan nuestra de “cuidar nuestra propia quinta”, “que ellos se las arreglen”, “no es cosa nuestra”, “no hay salida”.

Que la solidaridad sea la insignia de la rebelión contra un mundo injusto, pero no la rebelión de la violencia, sino la rebelión de los corazones sensibles, la rebelión de la buena gente. A la solidaridad se la debe confiar a los apasionados, no a los funcionarios más o menos diligentes, que a veces saben lo técnico pero carecen de humanidad.

Ángel Rossi, sj

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