Hagan cuanto puedan por estos, mis hijos

Si Dios nos ama, ¿cómo no amarlo? Y si lo amamos, cumplamos su mandamiento grande, su mandamiento por excelencia: “Un mandamiento nuevo les doy: que se amen los unos a los otros como yo los he amado; en esto conocerán que son mis discípulos, si se aman los unos a los otros” (Jn 13,34-35). La devoción a los Sagrados Corazones no puede contentarse con saborear el amor de Dios, sino que ha de retribuirlo con un amor efectivo. Y la razón magnífica que eleva nuestro amor al prójimo a una altura nunca sospechada por sistema humano alguno, es que nuestro prójimo es Cristo. Que el respeto del prójimo tome el lugar de las desconfianzas: que en cada hombre, por más pobre que sea, veamos la imagen de Cristo y lo tratemos con espíritu de justicia y de amor, dándole sobre todo la confianza de su persona, que es lo que el hombre más aprecia.

Al levantar nuestros ojos y encontrarnos con los de María, nuestra Madre, nos mostrará Ella a tantos hijos suyos, preferidos de su corazón, que sufren la ignorancia más total y absoluta; nos enseñará sus condiciones de vida en las cuales es imposible crecer como personas, y nos dirá: hijos, si me aman de verdad como Madre, hagan cuanto puedan por estos mis hijos los que más sufren, por tanto, los más amados de mi Corazón.

Ustedes, cristianos, los que tienen una posición desahogada, miren aquellos que se ahogan en su posición; los que tienen, den a los desheredados: denles justicia, denles servicios. El servicio del su tiempo; pongan al servicio de ellos su educación, pongan el servicio de su ejemplo, de sus medios. Que el fruto de este Congreso sea un incendiarse nuestra alma en deseos de amar, de amar con obras, y que esta noche al retirarnos a nuestros hogares nos preguntemos ¿qué he hecho yo por mi prójimo?, ¿qué estoy haciendo por él?, ¿qué me pide Cristo que haga por él

San Alberto Hurtado, sj

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