En el Espíritu de la Verdad

Al final, lo cierto es que hay algo dentro y fuera de nosotros que nos habla de Dios. Hay algo, como quiera que lo llamemos, que nos hace intuir infinitas posibilidades en este mundo y sus gentes. Hay algo grande y bueno que nos vincula con todo lo grande que ha habido en una historia que arranca del inicio de los tiempos y se adentra en un futuro preñado de eternidad y encuentro. Y en esa historia eterna se ilumina la luz de nuestra propia vida. Ese algo, decimos, es el Espíritu de Dios, una presencia que inspira sin imponer, que alienta sin forzar, que llama sin atar. Un espíritu de verdad, una verdad que no poseemos absolutamente, porque siempre nos desborda, pero que vamos descubriendo e intuyendo junto a otros. Una verdad que ilumina las vidas y nos da abundantes motivos para un júbilo diferente.

Donde el mundo te dice: “Tú a lo tuyo”,
El Espíritu te dice: “Tú al prójimo”.

Donde el mundo te dice: “No te compliques la vida”,
El Espíritu te dice: “Complícate por el evangelio”.

Donde el mundo te dice: “Lo importante es que seas feliz”,
El Espíritu te dice: “Haz feliz a otros”. Y paradójicamente, cuanta más felicidad vas dando, más vas recibiendo.

Donde el mundo te invita a aislarte en burbujas, levantando muro y poniendo barreras a otros, o dejando entrar a tu vida solo con cuentagotas.
El Espíritu te invita a tender puentes y abrir tus puertas…

Donde el mundo te dice: “Hay que ser perfectos, fuertes, invulnerables”. El Espíritu te dice: “Acepta tu debilidad, que los tuyos no te necesitan imposible, sino humano”.

Donde el mundo te habla de teorías,
El Espíritu te zambulle en vidas reales.

Y lo sorprendente es que el final esa verdad del espíritu, si acaso te atreves a hacerle caso, va esponjando tu vida, va iluminando tus días, va llenando tu historia de rostros, de caricias, de nombres. Al final se convierte en un grito que atraviesa tus barreras y tira tus muros. Te vuelve vulnerable, pero te hace sentir inmensamente vivo. Te quita las defensas, pero te arropa con tantas otras vidas que se te vuelven cercanas. Te arroja a la tormenta, pero te hace sentir vivo. Ese espíritu del mundo es para nosotros bendición de Dios que no nos abandona.

José María Rodriguez Olaizola, sj
de su libro «La alegría también de noche»

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