Diciembre, otra vez

Es el síndrome de las fiestas. Y otra vez la angustia de todos los años. Mientras arrecian eventos de cierre, guirnaldas, luces y turrones, miles de personas se sienten como desplazados en balsas que no encuentran la orilla. Sin familias o con familias rotas. Con parejas en crisis, con separaciones recientes en las que los hijos se quedan atrapados entre el pan dulce paterno y el vitel toné materno. En soledad, errantes, buscando familias prestadas para levantar la copa y no sentirse desgraciados. En soledad, sintiendo que la casa deshabitada está más hueca que nunca mientras suenan fuegos de artificio. Tiempo de balances inútiles y de consumos obscenos. Tiempo de final en lugar de tiempo de principio, de duelo en lugar de proyecto, de cierres en lugar de comienzo. Momentos de conflictos de lealtades para elegir la familia , la casa, los amigos con quienes se pasarán las tres horas de una cena que no siempre es la más emotiva ni la más auténtica . Los psicólogos sabemos de diciembres: separaciones, autoagresiones, ganas de huir, peleas familiares en medio del «como sí» de la armonía y la solidaridad.

Por favor, una vez más te lo pido. Desmarcate del happy hour de los shoppings, de la anestesia etílica para marear las penas, de la comida en exceso para tapar lo que no se soporta.

Elegí. No te dejes llevar por la marea. Elegí lo que vas a regalar, lo que vas a comer, lo que vas a hacer. Pero sobre todo elegí con quien querés estar. La vida y el amor no se definen el 24 y el 31. Creá opciones. Fabricate una fecha distinta y celebrá tus vínculos. Los de verdad, los que te quieren, los que quieren lo mejor para vos. Los que levantan la copa para que todos lleguemos a la orilla.

Estamos en el mismo barco. No estás solo. Naveguemos juntos este diciembre.

Patricia Faur

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