Contagiarnos de la alegría de la resurrección

San Ignacio, al contemplar la Resurrección, nos pone de frente a este Señor que viene con el oficio de consolar. Acá Ignacio abre todas las ventanas a la alegría y nos invita a disfrutar, a pedir la gracia de la alegría que brota de Cristo resucitado. Todos los relatos de la resurrección nos muestran al Señor que viene con el oficio de consolar, que marca también en nosotros la vocación. Todo cristiano según su carisma, según el lugar donde Dios nos ha puesto, tenemos el oficio de consolar a quienes el Señor puso a nuestro lado. Ignacio nos invita pedir la gracia de la alegría y gozo que trae la resurrección.

El gozo es el amor de un bien presente, así como la tristeza es el amor de un bien que está ausente. El desafío nuestro es la dicha, la alegría y de hecho estamos llamados a ser felices. Cuando a San Agustín le preguntaban cuál era la clave de la sabiduría, él decía que sabio es el que encuentra la clave para ser feliz. Y cuando le preguntaban qué significaba ser feliz, agustín decía: “Ser feliz es amar y saberse amado”. Ésta es la primera gran vocación, la de las bienaventuranzas.

La felicidad y la alegría, es lo que Ignacio nos presenta como experiencia y como exigencia de la resurrección del Señor. Les doy dos citas para que ustedes, si quieren, recen en torno a esta gracia: son textos de las despedidas de Jesús que rezamos días anteriores en clave de pasión, pero Jesús en un ámbito de mucho dolor habla de la alegría. Jesús dice: “Les he dicho esto para que mi alegría esté en ustedes y su alegría sea colmada” (Jn 15, 11). O también “ustedes están ahora tristes pero volveré a verlos y se alegrará su corazón y su alegría nadie se las podrá quitar. Ese día no me van a preguntar nada. Pidan y recibirán para que su alegría sea colmada” (Jn 16, 22-24). Está hablando en un contexto de dolor porque se viene la cruz y sin embargo el Señor obstinadamente repite el tema de la alegría. Y el otro texto clásico es de San Pablo y dice: “Estén siempre alegres en el Señor” (Filip 4,4-7). Nos conoce, sabe y se da cuenta que hay resistencia en nosotros y dice: “Se los repito, estén alegres. Que la bondad de ustedes sea conocida por todos los hombres”.

Es curioso que a veces haya una resistencia en nosotros a la alegría. A veces tenemos la sensación de que uno es más fiel sufriendo que gozando, lo que es una gran mentira, algo que quizás los curas y catequistas hemos enseñado mal. Así da la impresión que sufriendo uno es más fiel al Señor que gozando, lo cual es grave como afirmación, porque el gozo, la alegría, es lo más propio del cristiano. Entonces cuando son tiempos lindos disfrútelo, soy fiel disfrutándolo. Cuando vienen los tiempos de dolor, aguante.

Éste es el desafío, el saber que el gozo es tan importante y más que el dolor. Para un cristiano el gozo, la alegría y la resurrección debería ser el estado habitual. Por otro lado no somos ingenuos, sabemos que hay momentos de mucha tristeza, hay dolores grandes, pérdidas muy dolorosas, pero entonces con mucha sabiduría, los monjes decían que en los tiempos de mucho dolor la alegría toma la forma de la paciencia. Es decir la alegría se queda como esperando y no la arranca del corazón. A la tristeza la podemos ofrecer momentáneamente mientras sufrimos pero no puede ser un estado de vida si es que queremos ser cristianos, aún cuando nos lleve mucho sacrificio el salir de la tristeza. Esto es lo que el Señor resucitado nos trae como primera gran gracia de la resurrección y diría yo que es la gracia más importante que tenemos. Alegría que a veces cuesta definirla, y es más fácil experimentarla y uno lo descubre en las personas que son alegres y es como si te hicieran la vida más fácil.

A veces uno tiene lo suficiente para ser feliz y estar contento y sin embargo se siente incómodo. A veces cuando estamos bien empezamos a sentirnos incómodos, y sospechamos que hay algo que anda mal o que estamos haciendo mal y no nos estamos dando cuenta. O algunos dicen andamos bien y agregan una frase terrorífica qué se vendrá. O a veces peor todavía se la colgamos a Dios y decimos andamos bien, qué me estará preparando el Dios. Como si el Señor estuviera metido en una especie de laboratorio y al vernos bien piensa inmediatamente algo para mandaros. Es una imagen muy triste de Dios y nada tiene que ver con la realidad. A veces en lo espiritual pasa esto, tenemos lo suficiente para estar contentos -no la plenitud porque la plenitud sólo se va a dar en el cielo- y no termina de creerle y le tiene desconfianza. Y salimos a buscar alguna contradicción por ahí, y por supuesto que rápido encontramos alguna y nos sentimos más seguros cuando estamos sufriendo. Esto es una especie de límite o enfermedad espiritual que sería muy bueno que nos animemos a vencerlo.

La gracia que Ignacio pide en este momento nos lleva a las contemplaciones de la resurrección y en ellas, el primer gran mensaje de la resurrección es: “alégrense, ánimo”, o dicho negativamente: “por qué dudan, no tengan miedo”. El gran mensaje del Señor en la resurrección es la alegría. El gran mensaje de Jesús, el imperativo cada vez que se encuentra con los discípulos es sacarlos de la tristeza, es la alegría. Por otro lado el gozo para nosotros es esencial porque es testimonial, no es un privilegio ya que el gozo para el cristiano es necesidad, es obligación y es parte esencial del anuncio.

Cuando leemos los textos de la resurrección notamos cuánto le costó al Señor consolarlos, sacarlos de su tristeza, animarlos al anuncio gozoso de la resurrección. Se dice que Cristo fue tan paciente en su vía crucis como después de su resurrección cuando durante cincuenta días los buscó personalmente a cada uno de ellos para consolarlos. El Cardenal Martini dice que Jesús tuvo una pedagogía particular de acuerdo con la circunstancia y el modo de ser de cada uno. Por ejemplo, a Magdalena, la afectiva, nombrándola con ternura; a Juan, el intuitivo, por medio de la piedra corrida y la sobreabundancia de la pesca; a Pedro en su lentitud le dejó los lienzos y el sudario doblado, lo hizo participar de la pesca milagrosa y le envió a Juan para que le dijera en la pesca “Pedro, es el Señor” y Jesús le preparó aquél delicado desayuno y después lo llamó aparte para conversar. Tenía que hacer que aquél hombre todavía herido por la triple negación de su traición se curase con un triple sí, “Señor tú lo sabes todo, tú sabes que te amo”, va a decir Pedro. Y a los discípulos encerrados, muertos de miedo se les manifiesta vulnerando sus puertas cerradas y pacificándolos. Con los discípulos de Emaús va a tener que caminarse unos cuántos kilómetros para ir calentándoles el corazón y finalmente lo puedan reconocer al partir el pan. Con Tomás, el escéptico, tiene que redoblar los gestos, y cuando aquél vuelve a la comunidad, lo llama y le concede su capricho: “Toca, mete la mano en mi costado”.

El gozo para nosotros se constituye en una exigencia personal. El gozo es para ser dado. Yo tengo necesidad de la alegría de una persona que se ha jugado su vida por el Señor, me interesa, tengo que descubrirla y necesito conocerla, mirarla a la cara, aprenderla. No la escondas por favor, no la enmascares. Cometerías un robo, nos privarías de algo a lo que tenemos derecho. Muéstrame a Dios con tu alegría, no me interesa saber lo que es Dios en sí mismo, cualquier libro me puede dar esas nociones. Me urge descubrir lo que sucede cuando Dios llena completamente una vida. Pido a tu alegría, los signos de la presencia de Dios en tu existencia.  Y por eso Ignacio en este momento pide gracia para alegrarme y gozar intensamente de tanta gloria y gozo de Cristo nuestro Señor.

Ángel Rossi, sj

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