Con el corazón lleno de felicidad

Desde el primer momento en que me comentaron la experiencia de vivir una misión en San José del Boquerón, Santiago del Estero, me dieron muchísimas ganas de hacerla, pero al mismo tiempo mucha incertidumbre y miedo por no saber con qué me podía encontrar.

Tomé la decisión de ir porque había algo que me llamaba a vivir la experiencia. Y finalmente ese día llegó y todas esas dudas que habían aparecido se convirtieron en una felicidad muy grande.

Tuve la oportunidad de misionar en el paraje Iskay Pozo, donde hay 25 casas aproximadamente; cuando estábamos llegando pude ver desde la camioneta a todas las personas bajo una llovizna esperándonos con el almuerzo, me sorprendí de tal manera que lo único que pensé fue en la humildad y bondad que tenía la gente, que sin conocernos ya nos esperaban con un plato de comida y muchas ganas de compartir con nosotros.

Con el correr de los días se notaba realmente en el grupo la presencia del buen espíritu, disfrutando con alegría y predisposición desde que nos levantábamos hasta que nos acostábamos, cada uno con sus tareas y obligaciones para que todo salga de la mejor manera.

Por la mañana salíamos a misionar por las casas del paraje y era increíble escuchar cuando nos acercábamos, el ruido de las sillas que acomodaban las familias para poder recibirnos con una alegría inmensa. Esto hacía que me den más ganas de escuchar y aprender de ellos, su modo de vida, valorando las pequeñas cosas.

Por la tarde había un taller para niños donde era asombroso ver las ganas que tenían de divertirse y participar en todos los juegos propuestos; desde muy temprano llegaban y se ponían a jugar con los misioneros. Ver la felicidad con la que se enganchaban en cada actividad, sus ganas de aprender cada canción o no tener ningún tipo de prejuicio de nada, hacía que las cosas sean más fáciles. Fue muy lindo verlos en un recreo de la escuela cantar y bailar las canciones que le habíamos enseñado, como así también ver cómo jugaban solos a los juegos que habían aprendido.

Además, había otro taller de adultos donde también era muy agradable ver como se prendían en cada actividad, capaz que con un poco más de vergüenza que los niños, pero escuchaban todo atentamente y nunca desaparecían esas ganas de compartir.

Una imagen que me va a quedar siempre guardada eran las cenas donde tanto los niños como los adultos, se acercaban a la capilla y en el cual no era importante comer hasta llenarnos sino el hecho de poder compartir y hablar con el otro.

Cada oración me permitió acércame más a Dios y sentirlo presente en todo momento, ya sea en los rostros de cada persona con la que me cruzaba o en esos atardeceres únicos en el monte, donde no quedaba más que apreciar el paisaje y sentirlo más cerca. Personalmente, pude sentir su presencia en una fecha muy significativa para mí, en un nombre que se hizo presente en todos los días, donde pude darme el espacio para sentirlo conmigo en todas las oraciones.

Estoy completamente agradecida de haber podido vivir esta experiencia y a todas esas personas que aportaron su granito de arena para poder llevar adelante esta actividad; al grupo que se formó, donde cada uno pudo y tuvo lugar para aportar sus talentos; y a cada persona de Iskay por enseñarme a vivir en comunidad, en ayudar al otro con muy poco, en esa humildad y sencillez que los caracteriza. Me sobran las ganas de poder volver a vivir esta experiencia, ya que, es más lo que recibimos que lo que damos, y creo que tanto ellos como nosotros terminamos esa semana con el corazón lleno de felicidad.

Carolina Poletti
Grupo Misionero San Francisco Javier
Misión Julio 2017 – San José del Boquerón

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