Yo les seré propicio en Roma

Luego de ordenarse sacerdote, Ignacio se había propuesto estar un buen tiempo sin decir Misa porque quería hacerlo pidiendo la gracia de que «la Virgen lo ponga con su Hijo». Así lo tenía determinado queriendo ofrecer la Eucaristía en Jerusalén, probablemente en la cueva del Nacimiento de Jesús, lugar donde Ignacio encontró que se hacía carne su deseo de humildad y servicio al Señor. Sin embargo, ese año los compañeros no encontraron pasajes para viajar y, mientras esperaban, decidieron ir a Roma para misionar y predicar.

Durante ese paso por Roma, Ignacio fue visitado por Dios de una manera especial. Junto a Fabro y Lainez iban caminando por las pequeñas calles de la ciudad y al pasar por una capilla, haciendo oración, el Peregrino siente claramente que «el Padre lo pone con su Hijo», y esto con tanta consolación que no podía dudar de ello.
Lo que Ignacio venía pidiendo a la Virgen ahora lo recibía como gracia de Dios Padre que le entrega la cruz de su Hijo para que él comparta su suerte, siendo «otro Cristo».
En una acuarela moderna del pintor español Carlos Sáenz de Tejeda se ilustra muy bellamente. En ella se ve a Ignacio con el semblante sorprendido, mientras Jesús le susurra al oído y le ofrece la cruz acercándosela con su brazo. Y ese susurro va acompañado de una promesa «Yo les seré propicio en Roma».

«Ser puesto con el Hijo» fue uno de los grandes deseos que movió el corazón de Ignacio. Configurarse con Cristo en oprobios, menosprecios y pobreza significaba asociarse a la vida de Jesús de una manera plena, para que así compartiendo sus penas, compartiera también su vida resucitada. La imitación de Cristo se había convertido ahora en asociación a su misterio pascual. Morir y resucitar con Él, siguiéndolo junto a otros compañeros y haciendo de la propia vida una entrega en servicio y predicación. De esto se fue dando cuenta Ignacio junto al grupo de compañeros que ya se iba consolidando. Siempre en actitud de escucha y disposición, siguiendo al Espíritu. Así Cristo se les hizo propicio, se les hizo cercano y favorable. Ofreciéndose como la Cabeza de este cuerpo que estaba surgiendo, a tal punto que, al buscar un nombre que los identificara no encontraron otro que el de JESÚS. Se supieron siempre en seguimiento como «Compañeros de Jesús».

El viaje a Jerusalén nunca pudo realizarse. Esto obligó a reestructurar los planes originales y ponerse nuevamente en discernimiento. La moción que se fue instalando era la de ponerse a disposición del Papa para que, en nombre de Cristo, los envíe donde más los necesite. Así la Compañía se funda como cuerpo que se dispone a tomar la cruz allí donde el Hijo se la entregue. «Les seré propicio en Roma» toma un nuevo carácter ahora para Ignacio. Será él quien dé forma al grupo de compañeros que estaba acrecentándose. El Peregrino que había recorrido miles de caminos se instala en Roma a escribir las Constituciones de la Compañía. En profunda oración redacta lo que luego se aprobará y será el modo de que muchos compartan su mismo deseo. Esta fue su forma de hacerse propicio para otros, entregar a la Iglesia el sueño que Dios fue haciendo crecer en su corazón. Así es como hoy, al igual que en la capilla de La Storta, Cristo nos vuelve a entregar la cruz para que nos configuremos con Él, al modo de Ignacio y sus primeros compañeros.

Matías Yunes, sj

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