Ser contemplativo en la acción

Contemplar, escuchar, acompañar, apasionarse, ser compasivo, tomar aliento… pero a la vez movilizarse, actuar, luchar por la justicia, comprometerse con la realidad, con la gente, con la vida. Una tensión que nos presenta ante uno de los grandes retos de la vida: ¿Cómo encontrar a Dios en nuestro día a día, en lo cotidiano, en la vida y en la muerte, en nuestro sufrimiento y en el ajeno, en la parada del metro y en la consulta del médico, en la cola de la pescadería y en nuestra iglesia, mezquita o templo, en nuestro trabajo estresante y en las horas de ocio?

En muchas ocasiones vivimos esa polaridad. Dos extremos que se balancean y que se posicionan en la realidad personal de muy diversa manera. Por un lado, el riesgo de vivir con superficialidad. Un riesgo claro de vivirse totalmente imbuido en la “acción”, en realizar tareas, sin mirarnos a los ojos, sin sentir el latido de nuestro corazón.

El otro extremo es quedarte entrampado en las historias personales de tanta gente que nos encontramos en el camino. Relatos que muchas veces nos desbordan, sufriendo el riesgo de bloquearnos. ¿Cómo seguir adelante ante tanta situación que nos sobrepasa, ante la que no tenemos una respuesta inmediata?

San Ignacio de Loyola y la tradición ignaciana habla de este tipo de tensión como “Contemplación” y “Acción”. Cualquier persona que intenta hallar la verdad en su vida y el sentido de lo que le rodea, pasa por este binomio que algunos han acuñado con la expresión: Ser contemplativos en la acción.

Todo un misterio, toda una vida. En mi caso, un misterio y una vida que me acompaña en mi caminar, que me ayuda a crecer, a sentirme más humano y a veces más vulnerable; preparando el corazón para acoger la realidad de los otros; una realidad que me mueve por dentro y por fuera, y que me lleva a Dios.

Alberto Ares, sj

“Ojalá llegue pronto el momento en que no vea yo ni ame a ninguna criatura prescindiendo de Dios sino que, más bien, vea a Dios en todas las cosas o, por lo menos, le reverencie. De aquí podré subir al conocimiento del mismo Dios en sí mismo y, por fin, ver en Él todas las cosas para que Él mismo sea para mí todo en todas las cosas eternamente.”

Pedro Fabro, sj
Memorial, 3 de Mayo de 1543

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