Reflexión Evangelio Domingo 09 de Agosto (Emmanuel Sicre, sj)

Evangelio según San Juan 6,41-51.

Los judíos murmuraban de él, porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo». Y decían: «¿Acaso este no es Jesús, el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre. ¿Cómo puede decir ahora: ‘Yo he bajado del cielo’?» Jesús tomó la palabra y les dijo: «No murmuren entre ustedes.

Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió; y yo lo resucitaré en el último día. Está escrito en el libro de los Profetas: Todos serán instruidos por Dios. Todo el que oyó al Padre y recibe su enseñanza, viene a mí.

Nadie ha visto nunca al Padre, sino el que viene de Dios: sólo él ha visto al Padre. Les aseguro que el que cree, tiene Vida eterna. Yo soy el pan de Vida. Sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron. Pero este es el pan que desciende del cielo, para que aquel que lo coma no muera.

Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo».

«El que coma de este pan vivirá para siempre»

Desde hace 2 domingos venimos leyendo el capítulo 6 del evangelio de Juan que nos trae el discurso del Pan de Vida, como se lo conoce tradicionalmente. En la lógica de la liturgia, es decir, desde la pedagogía de la Iglesia para cuidar la vida espiritual de sus hijos, nos encontramos en el tiempo ordinario. No porque sea de baja calidad, sino porque es el tiempo habitual de la vida cristiana donde cada uno de los creyentes en Jesús caminamos con lo que nos toca hacer, vivir, soportar, compartir… en fin, con nuestra vida real.

Este discurso del Pan de Vida nos viene al pelo para que recordemos dónde es que encontramos las fuerzas necesarias para nuestro discernimiento en la vida corriente. ¿No resulta difícil acaso sostener la fe en medio de las dificultades que nos tocan vivir? ¿Cómo hago para seguir creyendo cuando me siento abatido, triste, angustiado, desolado? ¿Cómo hacer que la experiencia de encuentro Dios no se apague en el corazón en medio del frenesí de actividades? ¿Cómo percibir el proyecto del Padre que Jesús quiere comunicarnos cuando la realidad se ve tan dura? ¿Cómo amar al que me cuesta?

Jesús nos explica que la comunión con él nos dará la vida plena. Porque él es el pan de Vida que saciará el hambre y la sed. Pero ¿qué es estar en comunión con él? Muchos piensan que estar en comunión con el Dios de Jesús es cumplir con ir a misa todos los días o “estar en gracia”, confesados y moralmente “limpios” para comulgar, pero ¿no resulta esto un “cepo eucarístico”? ¿No sería al revés? Y por eso cuando no se cumplen estas condiciones “murmuran”, chismosean, juzgan, denigran: “¿Acaso este no es Jesús, el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre.” Decían de Jesús como tratando de bajarle los humos. ¡Cuántas veces somos jueces de los demás!

Jesús nos enseña algo más profundo, más hondo, más arriesgado que el cumplimiento, asociado a comer del maná que comían los padres en el desierto que no les trajo la vida, sino la muerte. El pan que ofrece Jesús es algo mayor que el cumplimiento de las leyes. Lo que nos propone Jesús es que nos unamos a él de una manera nueva.

Él quiere que nos dejemos instruir por Dios como decían los Profetas.

Él desea que oigamos al Padre y recibamos su enseñanza yendo hacia él que es el rosto visible de Dios.

Él nos pide que creamos en él para que seamos saciados, que lo digiramos, que lo consumamos, que hagamos de nuestro cuerpo un sagrario de su vida.

Entonces, cuando sintamos desde adentro esa atracción por la vida y los signos de Jesús nos nacerán las acciones, los gestos y las palabras oportunas, en especial, con el hermano solo y desamparado.

Comulgar el Pan de la Vida trae fuerza, ánimo, confianza, arrojo, amor, nunca juicio, autoexigencia, crítica, desprecio, aduanas, narcisismo espiritual.

Comulgar el Pan de Vida nos alimenta el Cristo interior que abre a los demás, a las relaciones sanas, solidarias.

Comulgar el Pan de la Vida es recibir el cielo en nuestras entrañas para que el mundo sea cada vez más parecido al proyecto de amor del Padre, que nos comunicó Jesús.

Dejémonos atraer entonces por un Dios así de nutritivo. Solo así seremos resucitados.

Emmanuel Sicre, sj
Estudiante Teología

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