Reflexión del Evangelio del Domingo 06 de Agosto (Maximiliano Koch, sj)

Evangelio según San Mateo 17, 1-9

Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz. De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús. Pedro dijo a Jesús: “Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube: “Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo”. Al oír esto, los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor. Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo: “Levántense, no tengan miedo”. Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo. Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: “No hablen a nadie de esta visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos”.


Si pensamos en nuestra vida, todos nosotros hemos sentido la invitación a subir difíciles montes. Todas nuestras relaciones son, en definitiva, caminos que debemos transitar y donde los problemas y complicaciones habrán de empañar el horizonte. En el ascenso, hemos sentido que el cansancio se acumula tras cada paso. La sed se hace más intensa y el agua que llevamos no es abundante. Sentimos el dolor en los pies y nuestras manos y fuerzas parecen inútiles o escasas. Cada tanto miramos en el horizonte todo lo que queda todavía para llegar arriba y poder, finalmente, descansar.

Es posible que, en el camino de las relaciones, el desaliento se haya apoderado de nosotros y seguramente hemos cuestionado su sentido. En definitiva, abajo estábamos cómodos. Quizá no plenos, pero sí cómodos. Pero escuchando la invitación al monte, nos hemos despojado de esas comodidades para comenzar a caminar. Y así abandonamos lo que nos es habitual, relaciones de familia y amistad, para buscar plenitud en otras que aparecen como promesas sin garantías.

Y hay momentos en que sentimos que finalmente hemos llegado. La claridad se apodera de nosotros. Vemos con orgullo lo que hemos podido alcanzar con nuestro esfuerzo bajo la compañía de Aquél que nos invitó a ponernos en camino. Sólo tememos que esta estabilidad no sea permanente. Como Pedro, queremos instalar tiendas en lo alto, donde pocos habrán de llegar para perturbar nuestra paz.

Pero Aquél que nos invitó a subir, nos invita ahora a descender. Porque la plenitud que podemos alcanzar en nuestras relaciones con amigos y parejas o, incluso con Dios, no es para que nos sintamos cómodos. No es para que nosotros gocemos de la alegría y claridad que se nos regala. Es para transformar nuestro entorno, nuestra realidad, aquella que se encuentra abajo entre la gente, en los trabajos, en las dificultades, en los pueblos. Se nos regalan estos momentos para que invitemos a otros a ascender, para que demos aliento y para que gocen por un momento de la claridad que a nosotros nos fue dada. Y seremos nosotros los que tendremos que invitar, luego, a descender.

A estas invitaciones hay que responder con la vida, con todo nuestro ser, con todos nuestros sueños y esperanzas, dudas y miedos, heridas y frustraciones. Tenemos que ascender con esta pesada carga, aunque el camino sea fatigoso, porque se nos dice que arriba seremos aceptados, amados, transformados y clarificados. Y tenemos que regresar para llevar esta luz a nuestro difícil contexto en el que la oscuridad parece apoderarse de todo.

El monte es el lugar del encuentro con lo más sagrado, con la plenitud, con la luz, con la revelación. Es el lugar donde el amor se hace presente y clarifica, transforma, transfigura y conduce. Pero no es un lugar para permanecer. Por ello, es significativo que tras este momento en que Cristo es confirmado en su misión por el Padre, descienda a Jerusalén para transformarlo todo. Pasará por la humillación, por el desprecio, por la soledad, por el abandono y, finalmente, por la muerte en la cruz. Pero su presencia herida abrirá una nueva era.

La fiesta de la Transfiguración del Señor es una invitación a vivir, plenamente, encuentros significativos con el Señor y con los hombres y mujeres que nos rodean para, luego, descender llevando la claridad que se nos ha ofrecido a los lugares donde todavía la oscuridad parece reinar.

Maximiliano Koch, sj
Estudiante Teología

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