Reflexión del Evangelio del Domingo 28 de Mayo (Gustavo Monzón, sj)

Evangelio según San Mateo 28, 16-20

Después de la resurrección del Señor, los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado. Al verlo, se postraron delante de él; sin embargo, algunos todavía dudaron. Acercándose, Jesús les dijo: “Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”.


En este domingo, la liturgia de la Iglesia nos invita a celebrar la fiesta de la Ascensión. Dicha festividad nos recuerda que nuestra vida cristiana es una invitación de dejar de mirar al cielo y ver a Dios actuando en nuestra historia y nuestro mundo.

La muerte de Jesús generó en los discípulos un desagarro y una fuerte sensación de fracaso. En ella veían como las promesas de vida en abundancia se esfumaban. Aquello por lo cual habían dejado la vida, no tenía sentido. Estaban en encierro y con miedo. Sin embargo, Jesús no los dejó solos. Después de su muerte, como nos recuerda el libro de los Hechos, se hace presente a los discípulos de diversas maneras. Jesús se mete en su cotidianidad. En la pesca, en el camino, en la montaña, en el partir el pan, en sus reuniones, etc. En estos eventos, se hace uno más. Con sus apariciones les confirma la fe, les recuerda que el Reino anunciado no fue en vano y les invita a continuar su obra. Con su presencia en la vida cotidiana Jesús les devuelve la “alegre alegría de evangelizar”.

Esta nueva presencia es un llamado a extender la misión. Como nos dice Mateo, “ir a todas a las naciones y bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” y así ser una nueva criatura llamada a dar la Buena noticia.  En este llamado, no están solos. Tienen la palabra prometida de Jesús de estar “todos los días hasta el fin del mundo” y así poder dar mucho fruto.

Esta fiesta, que a veces pasa desapercibida para nosotros, es una invitación a confiar en las presencias de Jesús en nuestras vidas, que muchas veces nos hace cambiar la mirada como les pasó a los hombres de Galilea. Nuestro ser cristiano es un mirar a la tierra con otros ojos, siendo hombres que caminan en esperanza y se mueven entre la memoria, de todo lo que nos dijo Jesús, y la promesa, de saber que al final del camino nos está esperando para compartir el gozo de presentarle a Él, la misión encomendada.

Gustavo Monzón, sj
Estudiante Teología

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