Reflexión del Evangelio del Domingo 24 de Julio (Emmanuel Sicre, sj)

Evangelio según San Lucas 11, 1-13.

Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos.»

Él les dijo: «Cuando oren digan: «Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan cotidiano, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo, y no nos dejes caer en la tentación.»»

Y les dijo: «Si alguno de ustedes tiene un amigo, y viene durante la medianoche para decirle: «Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle.» Y, desde dentro, el otro le responde: «No me molestes; la puerta está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos.» Si el otro insiste llamando, yo les digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por la insistencia se levantará y le dará cuanto necesite. Pues así les digo a ustedes: Pidan y se les dará, busquen y hallarán, llamen y se les abrirá; porque quien pide recibe, quien busca halla, y al que llama se le abre. ¿Qué padre entre ustedes, cuando el hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pez, le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si ustedes, pues, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¿cuánto más su Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?»

En este domingo, la liturgia invita a la comunidad de creyentes a dejarnos interpelar por la Palabra de Dios de una manera particular en lo referido a la oración. En la escena del Génesis se nos presenta la defensa de los pocos justos de Sodoma que Abrahán hace ante Dios que se deja suavizar, al parecer, en el diálogo narrativamente dramático y bello al mismo tiempo. Con este relato el pueblo judío recordaba a su padre en la fe, Abrahán, como un hombre de diálogo sincero y auténtico con Dios, a la vez que ponía de manifiesto cómo es que a través de ese diálogo se va descubriendo poco a poco el verdadero rostro de Dios que quiere entrar en relación con el hombre y ofrecerle la salvación.

De ahí que el salmo haga cantar: “cuando te invoqué, Señor, me escuchaste”.

Pero en el evangelio encontramos algo que rompe los esquemas de la época. Jesús siempre dando qué hablar. Resulta que el Señor al acceder a la demanda de los discípulos: “Señor, enséñanos a orar”, le muestra la sencillez y la profundidad con la que pueden orar a su Padre, al Padre de todos.

Con la oración del Padrenuestro Jesús los instruye por un lado, y los desconcierta por otro, porque les está diciendo que no hace falta ya un lugar físico como el Templo para orar, que pueden hacerlo cotidianamente con su Padre como un hijo o un amigo. Lo que Jesús está haciendo es revelar un nuevo modo de relacionarse con Dios, más íntimo, más filial, más comunitario.

Por eso, el evangelio trae en su segunda parte la comparación de la oración con la relación de dos amigos donde el que consigue lo que busca es el que insiste, tal como Abrahán lo vimos hacer con Dios.

Con este hermoso pasaje Lucas quiere poner de relieve que, como creyentes, estamos invitados a vivir la relación con Dios de una manera cotidiana, sencilla y honda como la oración que Jesús les enseñó a los discípulos.

Quizá podamos insistir este día diciéndole: Ven, Señor a nuestras vidas. Ven, Señor a nuestras vidas. Ven, Señor a nuestras vidas.

Emmanuel Sicre, sj
Estudiante Teología

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