Reflexión del Evangelio del Domingo 19 de Mayo (Francisco Bettinelli, sj)

Evangelio según San Juan 13, 31-35

Durante la última cena, después que Judas salió, Jesús dijo: “Ahora el Hijo del hombre ha sido glorificado y Dios ha sido glorificado en él. Si Dios ha sido glorificado en él, también lo glorificará en sí mismo, y lo hará muy pronto. Hijos míos, ya no estaré mucho tiempo con ustedes. Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros. En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros”.


El Evangelio nos relata una escena de la última cena. Judas abandona la mesa compartida. Sale afuera, a la noche, para entregar a Jesús. En este gesto de entregar a Jesús se anticipa la verdadera entrega, la entrega de Jesús en la cruz. Entrega que sintetiza el compromiso de toda una vida entregada al anuncio del Reino y al Dios del Reino. Entrega que lo conduce a un punto de no retorno: ser fiel a su anuncio implica asumir las consecuencias de ese anuncio. Es que su entrega implica riesgo: riesgo de ser aceptado o rechazado. Quien no se arriesga no sufre, pero tampoco vive. Y Jesús asume el riesgo de un modo tan real que pudo ser traicionado por uno de sus más cercanos. Hay una consistencia entre el decir y el hacer de Cristo: el que estuvo durante su vida con las víctimas de este mundo se vuelve él mismo víctima.

Este contexto dramático nos permite comprender mejor el mandamiento del amor que en este momento, y no antes, formula Jesús: “así como Yo los he amado, ámense…”. No son solo palabras bonitas, no se habla de cualquier amor. Se habla de que el paradigma del amor es el de Jesús. Un amor que es entrega, entrega de sí, entrega para otros. Un amor que sabe de cruz y llanto, y aun así es fiel. Un amor tan real que puede ser traicionado.

Pero Jesús no dice “amen a los otros” sino que dice “ámense también los unos a los otros”. El mandamiento no va dirigido solo a los distintos discípulos en particular. No es un deber, un acto voluntarista de tener que amar. Es un mandamiento para la comunidad y más que un mandamiento, un signo. La credibilidad de la comunidad de discípulos no se juega en las grandes obras, ni siquiera en las buenas obras, sino en este amor mutuo, en este amor compartido donde puedan llorar y alegrarse juntos. El amor no se verifica en las buenas intenciones: exige una consistencia entre el decir, el hacer y el modo de vivir y vincularse. Una comunidad que ama si imita a Jesús: rompiendo la cerrazón que excluye, abriendo lugar a las víctimas, los extranjeros, los que son distintos, los que no son queridos, los dejados de lado por su condición, los que no son tenidos en cuenta. Por la fidelidad a ellos y ellas, Jesús no pudo volver atrás y, en este momento de no retorno, elige llevar su entrega hasta el fin.

Francisco Bettinelli, sj
Estudiante Teología

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