Reflexión del Evangelio del Domingo 15 de Mayo (Franco Raspa, sj)

Evangelio según San Juan 20, 19-23

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «La Paz esté con ustedes.»

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «La Paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo.»

Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo; a quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos.»

La Iglesia, este domingo celebra la fiesta de Pentecostés, la venida del Espíritu Santo. ¿Pero qué significa que venga el Espíritu de Dios?

Me he encontrado con muchas personas que me han contado, que les resulta difícil comprender la acción del Espíritu Santo. Le hemos tratado de poner un rostro, y allí lo encontramos en los símbolos de la paloma o del viento. Sin embargo, nos resulta complejo hablar de Él. El evangelio de hoy nos ofrece algunas notas, que nos pueden ayudar a acercarnos al movimiento del Espíritu.

El relato de Juan nos ubica en las vísperas del día domingo, “el día primero de la semana”, en la cual los discípulos se encontraban encerrados en una casa. La muerte de Jesús hizo que el miedo los paralice y los oculte del resto del pueblo. Estaban aterrados, y ya no se atrevían a hablar de Aquel que les había hablado al corazón. Es en esta situación, en la cual Jesucristo se presenta a aquellos que lo habían seguido.

El Señor, que hizo girar la piedra del sepulcro en el cual yacía, ahora, está de pie en medio de ellos. Él es el Viviente, el que ha atravesado las tinieblas del miedo y de la muerte. Es el Resucitado el que se pone en medio de su Iglesia y les concede su paz.

No es un fantasma, “miren mis manos y mi costado” les dice. Y es allí donde los discípulos ven, y reconociéndolo, sellan una relación definitiva con su Señor, que los envía como el Padre envió al Hijo.

El relato de Juan se detiene en este momento para narrarnos la acción del Resucitado. El soplo del Señor posibilita la apertura del corazón de sus discípulos. El gesto de Jesús, reproduce el gesto primordial de la creación del hombre. El aliento de vida que sale del Hijo, hace renacer al hombre.

Ese soplo que es el Espíritu, es el fruto de la eterna relación del Padre y el Hijo. Por la cual el Padre le da todo a su Hijo y el Hijo le retribuye todo a su Padre. El Espíritu Santo que Jesucristo sopla sobre todos nosotros, es el fruto de la comunicación divina. Si el Padre ha amado desde siempre al Hijo y el Hijo amado desde siempre al Padre; el Espíritu Santo no puede ser sino el Amor de ambos, que se derrama sobre cada uno de nosotros.

En ese Amor que desencadena más amor, se haya el encargo de Jesús a sus discípulos. La Iglesia ha visto reflejado, en este envío del Resucitado del perdón de los pecados, el sacramento de la reconciliación. En el cual, el énfasis se haya más en el amor y la misericordia de Dios, que en el miedo y el pecado del Hombre.

Dejémonos abrazar en este domingo, por la entrañable misericordia de Dios que nos libera de nuestros temores; y abramos el corazón al Amor del Espíritu, de un Padre y un Hijo que se han amado eternamente.

Franco Raspa, sj
Estudiante Teología

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